Thomas S. Marvel Faia, Humanista del Año 2010

Antes que nada, quisiera expresar un agradecimiento profundo a la Fundación De Las Humanidades por el honor que nos ha otorgado. Fue una sorpresa, porque hemos hecho lo que ha sido natural en el cumplimiento de nuestras labores profesionales sea como sea, mil gracias por el honor.Tengo un recuerdo muy claro que en la década de los sesenta, antes que existiera nuestra propia Escuela de Arquitectura y Colegio de Arquitectos, hubo un debate en varias ocasiones sobre la existencia de una arquitectura puertorriqueña o no. En foros públicos, patrocinados por el entonces Instituto de Arquitectos, un grupo de arquitectos muy nutrido y activo de todas las generaciones, tratábamos de identificar las características que describen tal arquitectura. Los resultados del debate no resultaron en ninguna visión clara del tema, pienso que es debido a que cuando uno se encuentra en ultramar, no se percibe la totalidad del planeta. Es decir, que estábamos tan ocupados en diseñar una arquitectura diaria, que no tuvimos la distancia de tiempo para tener una perspectiva y significado para esgrimir y auscultar claramente una contestación del tema. En mi caso personal, como han pasado casi cinco décadas, creo que siguen apareciendo evidencias suficientes para abrir de nuevo la interrogación, pero esta vez, en lugar de preguntarse si existe una arquitectura puertorriqueña, es más válido preguntar: ¿Hay una arquitectura para Puerto Rico?

La búsqueda de una contestación a la pregunta es válida. Antropológicamente, dado tiempo suficiente en términos de siglos, una sociedad isleña desarrollará su propia cultura. Por ejemplo, en Puerto Rico existen costumbres, palabras, música, ritos y tradiciones que no se encuentran en otros lugares. Existen todavía, aunque están desapareciendo poco a poco después de un siglo de modernización global. Por la misma lógica, es válido preguntar: ¿La arquitectura tiene características de su propio lugar diferenciándose a otras culturas?

En círculos de arquitectura y urbanismo en el mundo, ha existido una polémica, una discusión intelectual, sobre el tema del Genius Loci, o en castellano sentido de lugar. El filósofo y arquitecto Christian Norberg Schulz lo planteó en su libro, Genius Loci: Toward a Phenomenology of Architecture, 1980. Desde entonces, el tema se ha enriquecido y debatido entre críticos en el mundo de nuestra profesión. La opinión general es que sí, existe, pero es difícil definirlo. Norberg Schulz describe el concepto como el total del ambiente físico y el paisaje cultural, o sea, que es lo que caracteriza un lugar único. La arquitectura y urbanismo juega un papel mayor en esta perspectiva, especialmente cuando se considera la influencia del ambiente natural en su ejecución. ¿Cómo aplicamos este concepto del Genius Loci a la condición de Puerto Rico?

En Hispanoamérica, en los 400 años entre el descubrimiento del Nuevo Mundo y el fin del siglo diecinueve, la intervención física de urbanismo en el ambiente natural fue mínimo debido a las Leyes de las Indias, promulgadas en el 1573 por el rey Fernando de España para la planificación de los pueblos nuevos, pueblos que eran núcleos de calles y edificios, compactos y eficientes. La movilidad era a pie o a caballo. La ubicación de muchos de estos pueblos fue establecida cerca del agua, ríos o mar y fueron rodeados por fincas de agricultura. El patrón de urbanismo fue dado por estas leyes y la arquitectura era sencilla, primero, de madera de los bosques cercanos y luego, de mampostería y ladrillos, también materiales del suelo del lugar. Se puede decir que el ambiente construido fue creado de lo que estaba disponible a mano. Existían costumbres de llevar a cabo la construcción con maestros de obra. Dicha arquitectura cotidiana era arquitectura sin arquitectos, con costumbres traídas de España y modificadas como fuera necesario dado a un lugar con características distintas.

En el siglo 19, Puerto Rico experimentó una prosperidad singular por la demanda de sus productos agrícolas, café y azúcar. Los pueblos de la isla crecieron, pero todavía bajo las normas de las leyes del 1573. Las calles fueron trazadas en líneas ortogonales, siguiendo sus patrones originales. La arquitectura de los edificios más importantes fue diseñada por arquitectos españoles militares, casi siempre con el vocabulario del neoclasicismo según María de los ángeles Castro en su libro, La arquitectura de Viejo San Juan.

Sí, fueron diseños sofisticados, pero usaron las mismas tradiciones de construcción, paredes de mampostería y ladrillo, techos planos con vigas de madera local, mayormente puertas dobles con un mínimo de ventanas, fachadas con ritmos de aperturas y paredes sólidas, pilastras adosadas y molduras anchas enmarcando puertas, esquinas y techos. De lo sencillo a lo muy detallado, la arquitectura fundamental era de técnicas llevadas por costumbre, de lo tradicional como por mucho tiempo habían llevado a cabo. Es cierto que Ponce y muchos pueblos tenían residencias más elegantes con balcones y fachadas con muchos detalles y delicadeza, pero su diseño fundamental era similar a las raíces tradicionales. Entiendo que cualquier persona que visitara toda la isla en el siglo 19 habría encontrado un“sentido de lugar”, es decir que Puerto Rico tenía su propio carácter en sus pueblos y su arquitectura, creado de sus materiales naturales y bajo las mismas normas de construcción. Mi opinión es que existía una arquitectura hecha para Puerto Rico.

1898 – El impacto del cambio de la soberanía de Puerto Rico dejó sus efectos por casi medio siglo. En el libro recién publicado; Puerto Rico en el siglo americano, su historia desde 1898, por César J. Ayala y Rafael Bernabé, queda plasmado que era evidente que el cambio de soberanía trajo esperanzas, coraje, desolación y promesas cumplidas e incumplidas. Toda esta angustia y recuerdo todavía están demasiado frescos en la mente de mucha gente para poder ser más objetivo, tanto se puede sobrepasar tanto lo negativo como lo positivo.

Desde 1899, El Acta Foraker definió las acciones inmediatas que el Gobierno federal quería implementar en la isla como la Educación, Salud, Gobernación y la Infraestructura. Las primeras tres han sido bastante estudiadas e investigadas. El desarrollo de la infraestructura ha recibido menor atención por ser meramente programas de proyectos, diseño y construcción. Es cierto que muchos de los programas como el de la Educación fueron mal recomendados e implementados. El idioma inglés fue el principal en las escuelas públicas en las primeras décadas del siglo XX y resultó ser un desastre, el cual fue corregido muchos años después, pero en un esfuerzo mayor del Gobierno federal, que no ha recibido mucha atención, es el programa de construcción de Escuelas Públicas en toda la isla. Como arquitecto, me interesa cómo el desarrollo físico de Puerto Rico fue completamente transformado en los primeros 20 años del siglo. Carreteras conectando todos los pueblos, sistemas de agua potable y tratado sanitario, telecomunicaciones, edificios públicos elevaron a Puerto Rico a una condición moderna. Lo más impresionante fue dicho programa masivo de diseño y construcción de las escuelas públicas en toda la isla. En el libro, Mi escuelita, educación y arquitectura en Puerto Rico, ángela López Borrero describió este programa en detalle. En 13 años se construyeron 600 escuelas públicas, 1050 escuelas rurales y 4 escuelas superiores y fueron construidas a un costo de $13,000,000.00. Más impresionante aún, era la manera en que fue llevado a cabo. Todas fueron ubicadas en las zonas ya urbanizadas en las ciudades y los pueblos. Las mismas se concibieron como parte integral de las zonas urbanas, dentro de un margen de pocas distancias para que los estudiantes pudieran caminar a su escuela. Su arquitectura fue monumental y prominente, enfatizando su importancia como institución. La arquitectura fue mayormente de líneas neoclásicas en el principio, pero muy variada, luego que se utilizaran arquitectos en la práctica privada para sus diseños.

Su construcción fue innovadora para su época. Se utilizó hormigón armado para las estructuras en vez de lo que era el material tradicional: la mampostería. En el principio, el Departamento de Educación tenía arquitectos en su taller pero luego, estos diseños fueron hechos por profesionales independientes y como resultado, los estilos también fueron variados, como líneas de la Escuela de la Pradera hasta el neo-Mediterráneo y el art deco. Desde el principio, los criterios de diseño incluyeron la ventilación e iluminación natural, respondiendo al clima tropical. Aunque sus diseños de estilos variaban, el conjunto de escuelas fueron totalmente integrados en zonas urbanas y añadieron un aspecto institucional al sentido de lugar de los pueblos. Interesantemente, la construcción de las escuelas en nuestros pueblos se integró, en cuanto a localización y prominencia, a los tejidos urbanos de nuestros pueblos tradicionales. El programa de construcción de Escuelas Públicas duró hasta los años cuarenta, cuando fue organizado el Comité de Diseño del Gobierno.

Durante la primera mitad del siglo 20, muchos estilos de arquitectura fueron introducidos en la isla. Aunque la arquitectura y la construcción de siglos anteriores continuaron, fueron desapareciendo poco a poco mientras que otras técnicas de construcción y estilos fueron introduciéndose a la sociedad en general.

Los arquitectos José A. Canales y Carlos Del Valle Zeno diseñaron edificios monumentales en los estilos españoles y franceses clásicos, Antonio Nechodoma introdujo las líneas de la arquitectura de la pradera de Frank Lloyd Wright, por más de 20 años. También, introdujo el estilo bungalow para viviendas económicas. Nechodoma introdujo también las comodidades modernas a sus residencias como cocinas, baños, lavanderías, electricidad y plomería.

En la década de los ‘20 y ‘30, el estilo neomediterráneo Español fue importado de California y Florida y fue una manera de reflexionar sobre los antecedentes españoles de Puerto Rico. Llegó a ser tan popular, que Arlene Pabón Charneco y Rafael A. Crespo en su libro; Arquitectura, historia y patrimonio, comentaron que se pudiera haber llamado “un estilo nacional”. Pedro de Castro fue un arquitecto quien diseñó muchos edificios prominentes en dicho estilo y pudo haber hecho muchos más, de no haber muerto prematuramente en un accidente de avión.

Llegada la década de los ‘30, el art deco entró a través de Europa y los Estados Unidos, y entiendo que si no hubiera sido por el inició de la Segunda Guerra Mundial, pudiera haber influenciado mucho más en la arquitectura de la isla.

Hasta el comienzo de la Guerra Mundial en 1941, la arquitectura de Puerto Rico reflejó todos los estilos mundiales que existían, una condición que fue una exploración de estilos que tenían precedentes en estilos tradicionales. Permanecieron desde el principio del siglo unos rasgos de la modernidad en la arquitectura, pero no se asentó como un hecho universal hasta posteriores años después de terminar la guerra (1946).

En Puerto Rico, el gobernador Rex Tugwell organizó el Comité de Diseño en el Departamento de Obras Públicas en 1944 e invitó arquitectos extranjeros de renombre como Richard Neutra y Henry Klumb y los combinaron con los arquitectos jóvenes puertorriqueños como Osvaldo Toro, Miguel Ferrer, Horacio Díaz y Jesús Amaral entre otros.

También el gobierno patrocinó obras públicas como la construcción de los anexos del Capitolio, el Tribunal Supremo y el Hotel Caribe Hilton. La arquitectura moderna llegó a ser la imagen nueva de un Puerto Rico moderno. Esta imagen proyectó el nuevo Puerto Rico, tanto en su gobierno como en su sociedad en un contexto tropical, y por 20 años, la isla fue transformada a un modelo de desarrollo para el tercer mundo. Ahora, existía la oportunidad de desarrollar no solo la arquitectura y planificación del futuro sino la posibilidad de expresar en términos nuevos un “sentido de lugar”. últimamente, el campo de planificación urbana falló en su promesa de crear un ambiente urbano sano y eficiente pero la arquitectura, tanto privada como pública, llegó a reconocerse en el mundo por su contexto tropical, económico y social.

Libre de la camisa de fuerza de lo tradicional, arquitectos jóvenes respondieron con talento y entusiasmo. Fueron diseñando una arquitectura que respondía a su ambiente, utilizando hormigón, el material indígena, espacios internos abiertos, puertas y ventanas amplias, techos protectores del sol y lluvia, y en un idioma contemporáneo. El Hotel Caribe Hilton llegó a ser el ícono para hoteles de postguerra en el mundo, cuyo vestíbulo y espacios públicos fueron abiertos y la brisa del mar entraba bajo control. La tecnología moderna estaba presente, pero no dominó el diseño arquitectónico al comienzo de su desarrollo. Esta fue utilizada cuidadosamente, pero con efectividad en todos los nuevos edificios. Los arquitectos fueron realizando diseños dentro de los límites económicos y su arquitectura expresaba su lugar y su tiempo. Me parece que entre los años 1945 y 1975, la arquitectura con el lenguaje moderno desde sus comienzos expresó su “sentido de lugar”. Eran diseños de más con menos, reconociendo sus límites de materiales y economía.

Desde 1975, ha existido una tendencia de aceptar la tecnología como imperativo en la arquitectura. Vivimos en el aire acondicionado, un mundo de telecomunicaciones con una dependencia de energía que es costosa pero necesaria para operar todo lo que nos rodea. Sobreconstruimos el ambiente en una economía frágil que dice que algo más caro es mejor. Actualmente, NO nos encontramos dentro de las limitaciones económicas y sociales que nos rodean.

La crisis económica actual nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestra condición de vivir, el cambio demográfico también nos obliga a diseñar en forma inteligente para ciudadanos futuros.

Más importante aún, la profesión de arquitectura tiene el potencial de liderar el ambiente construido hacia una escala sustentable y apropiada para el contexto natural de Puerto Rico. Con tres escuelas de arquitectura produciendo arquitectos jóvenes, esperamos que se tome en cuenta el Puerto Rico del futuro, usando no solo la nueva tecnología en forma prudente, sino, aprovechando nuestro clima natural al máximo. Puerto Rico tiene todos los ingredientes en su cultura y su naturaleza para lograr su propia arquitectura.

Pienso que a estas alturas no debemos emular los arquitectos de otros lugares en el mundo, ni apropiarse de sus estilos y sus culturas. Mientras más pronto nos demos cuenta que somos caribeños y que pertenecemos a una región climática única en este planeta, seríamos mejores arquitectos si reconociéramos nuestro propio sentido del lugar, nuestro propio Genius Loci.

 

Autor: Thomas S. Marvel Faia
Publicado: 30 de abril de 2015.

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