Cartel Humanista del año 2004

Cartel Humanista del año 2004

Que valiente fue el cachorro,
Que cobarde el miliciano.

Esta copla generada por la captura y la ejecución de Roberto Cofresí hace 180 años nos remite a un imaginario popular que en repetidas ocasiones ha celebrado más al transgresor tipificado por las autoridades que al agente punitivo. En ocasiones, como en el caso del isleño Ignacio Avila, mandado a fusilar, por el gobernador Prim, por el asesinato de un hacendado en 1848; la versión legendaria del evento ha trastocado los hechos que se pueden documentar. Todas las arbitrariedades de los agentes del estado se han elaborado como piezas fundamentales de la memoria colectiva. ¿Por qué? ¿Por qué el Estado rara vez es un proyecto común y siempre pertenece al imaginario de los otros?

Hay una gran necesidad de hacer una historia del Estado en Puerto Rico. Lo que hemos recibido hasta la fecha de historia política han sido reseñas de gobernaciones, episodios en la vida de los partidos políticos; análisis de las vicisitudes por resolver el llamado problema del status; reflexiones sobre los comportamientos electorales y narraciones de movimientos de resistencia o de oposición a las autoridades metropolitanas. Pero no tenemos una historia del Estado como ente histórico, en que veamos su articulación, su desempeño, su evolución y sus atribuciones en distintas épocas. La reflexión historiográfica ha estado fascinada con las representaciones que el Estado ha hecho de sí mismo, en distintas épocas, en Puerto Rico, pero no con su desarrollo orgánico.

Este desinterés de los historiadores pudo estar motivado por muy distintas razones, pero el efecto es el mismo, los gobernadores han estado omnipresentes en nuestras narrativas, pero el Estado como tal ha permanecido en la penumbra. Esta disimulación del papel del Estado en nuestra historia es fiel reflejo de su ausencia histórica en nuestra sociedad. Se pudiera objetar, si ha estado ausente, ¿por qué hacer su historia? Porque las ausencias también tienen su peso en la historia de los pueblos, y los esfuerzos por compensar esas ausencias dejan sus marcas.

Mi propósito en esta ocasión es vincular las ausencias del Estado con los fenómenos de la violencia en Puerto Rico. De salida señalo que mi intención no es desembocar en la simpleza de decir que porque el Estado ha estado perennemente ausente de nuestra cotidianidad, nuestra sociedad es violenta. Más bien trato de calibrar que han significado para la paz de los puertorriqueños los intentos arbitrarios del Estado por reclamar o extender sus prerrogativas.

El Estado puertorriqueño tuvo sus orígenes no sólo en la violenta conquista de los indígenas por los españoles hace 500 años, sino también en las transacciones entre los herederos de Cristóbal Colón y la corona castellana primero por precisar, luego por limitar y finalmente por liquidar los reclamos de la familia Colón por controlar los destinos de la Isla.

Cuando la Corona finalmente obtuvo pleno dominio sobre la isla, ya las principales facetas de su ordenamiento social habían cobrado vida. Dos jurisdicciones, la de la capital (Puerto Rico) y la de San Germán dividían entre sí la isla. Los esclavos africanos habían reemplazado a los indígenas como la principal fuerza laboral en las haciendas y estancias establecidas. La tierra, dividida en grandes, medianos y pequeños hatos, y algunas haciendas y estancias, entre los colonizadores peninsulares, estaba más abocada a la ganadería que a la labranza. Los vecinos desacomodados tenían que escoger entre arrimarse a los dueños de la tierra costera, o hacer como los fundadores de Coamo, buscar tierra adentro un lugar para asentar su familia en un bohío.

La militarización de la capital, subsiguiente a la construcción del presidio del Morro y el establecimiento de una guarnición permanente, contribuyó a distanciar la población extramuros del personal administrativo, clerical y militar de la capital. Como bien señaló Arturo Morales Carrión, el siglo XVII presenció el desarrollo de dos economías y dos sociedades antagónicas: una vinculada al ordenamiento jurídico español, el tráfico comercial legal y a las rutinas castrenses; y otra, en dispersión, produciendo para la economía de contrabando con los otros europeos, y viviendo según las luces de su propio criterio.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII vemos la futilidad de los repetidos esfuerzos de las autoridades de la capital, por imponer sus ordenamientos a la población desperdigada por las montañas y los valles del país. La inmigración clandestina de otros europeos, el contrabando sostenido, el desarrollo de solidaridades y sociabilidades ajenas a la normativa emanante de la capital, marcaron el estilo de vida de los naturales del país, que todavía no eran llamados puertorriqueños. Aun los vecinos más acomodados de San Germán resistieron a plegarse a las determinaciones del Capitán General de turno para hacerles prestar servicio de guarnición en la capital.

Cuando los obispos españoles emprendían sus visitas pastorales, usualmente solo una vez en el curso de sus episcopados, constataban que la vida en las distintas parroquias de la isla transcurría ajena a los reclamos de la normativa canónica vigente. Se deshacían en reproches y reconvenciones que escasamente alteraban las rutinas de la sociabilidad local. Mucho de lo que hoy se reclama por religiosidad tradicional puertorriqueña fue entonces objeto de prohibiciones episcopales.

Los gobernadores, cuando no se plegaban a las atracciones lucrativas del contrabando, e intentaban doblegar las montaraces resistencias a sus arbitrios, tenían escasa oportunidad de reclamar éxito en sus intentos por armonizar las prácticas económicas y rutinas sociales de sus gobernados con las Leyes de Indias.

Amargo café: Los pequeños y medianos caficultores en la segunda mitad del siglo XIX

Amargo café: Los pequeños y medianos caficultores en la segunda mitad del siglo XIX

Con la Historia Geográfica y Civil de Fray Iñigo Abad encontramos el testimonio del primer esfuerzo intelectual sostenido por armonizar las instituciones oficiales y las prácticas criollas. Fray Iñigo en su celebrado panegírico de las costumbres jíbaras, intentó formular un discurso fisiocrático que adelantara la causa de la agricultura comercial en Puerto Rico, a imitación de otras islas caribeñas. La isla era feraz y productiva, eran sus habitantes los indolentes. De lo que se trataba entonces era de inducir a esa masa trabajadora potencial a subordinarse a los capitanes de una nueva fase de agricultura de mercado que resultase ventajosa a la corona española. Era hacer de Puerto Rico otra Santa Cruz u otro Barbados, con los jíbaros como peones de hacienda.

De Iñigo Abad a Juan de la Pezuela asistimos al esfuerzo repetido por los ideólogos y gobernantes para lograr el empate de esos extremos, una tierra mercedada o mercadeada a personal empresarial idóneo, sea foráneo o criollo, y una fuerza laboral compuesta de nuevas remesas de esclavos africanos, facilitadas por la liberalización de la trata desde 1784; y la gran masa de la población jíbara desperdigada por los montes. Esa visión es la que Pedro de Irizarry articula en su informe al cabildo de la Capital en 1809; lo que éste a su vez, enarbola en sus instrucciones a Ramón Power; lo que inspira la Cédula de Gracia de 1815; lo que alienta las prácticas gubernativas de Miguel de la Torre y las reflexiones económicas de Pedro Tomás de Córdoba; la que impulsa la circular de jornaleros del gobernador López de Baños en 1838; y desemboca en la circular de la libreta del gobernador Pezuela en 1849. La intensificación de la esclavitud entre 1784 y 1837 y los sucesivos intentos por erradicar el antiguo agrego y subordinar a los jíbaros a los nuevos hacendados de la caña y el café, están en las raíces mismas de la violencia en Puerto Rico.

El Estado fue indiferente a los abusos y a los atropellos de esta etapa de nuestra historia social, y permitió a los hacendados ejercer su arbitrio en las vidas de los subordinados. Estos no fueron indiferentes a los abusos y muchas veces reaccionaron con violencia a su explotación. Si examinamos las estadísticas y las noticias de homicidios y actos violentos en Puerto Rico en la primera mitad del siglo XIX no deja de llamar la atención el vínculo de estos comportamientos violentos con la coacción, la manipulación y el despojo a que fueron sometidos los sectores subalternos de nuestra sociedad.

El Estado facultó a las elites locales, representadas en las Juntas municipales de Vagos y Amancebados, en los tenientes a guerra y alcaldes a intentar, de todas las maneras factibles, de dotar a los terratenientes de una fuerza laboral estable. En sus circulares los gobernadores intentaron también reglamentar todas las prácticas sociales más populares, como los bailes, las peleas de gallo, los velorios de Reyes, los rosarios de cruz, las fiestas patronales, las carreras de caballo, y las parrandas navideñas para acoplarlas con las exigencias de sus ordenamientos y sus calendarizaciones del trabajo. Inclusive llegó a hacer normativo el respeto debido de los subalternos a los dominantes.

Las resistencias solapadas a estos esfuerzos gubernativos no se hicieron esperar. Si para tener una fiesta navideña en el campo había que pagar un peso por una licencia, entonces mejor era que los músicos se presentasen espontáneamente y dieran un asalto en medio de la noche. Si los gallos había que casarlos en la gallera del pueblo ¿qué impedía que en algún batey en la montaña se ajustase una pelea de gallos entre vecinos? El disimulo, la ocultación, la falta de respeto, real o percibida, en la gramática parda, el laconismo, la falta de testigos para todo, la indiferencia al reclamo público se desarrollaron en el caldo del esfuerzo de las autoridades por imponer su ordenamiento económico y social. A la libreta se le evadía con los arrendamientos de tierras por los parientes. Si un esclavo o un presidiario se fugaba e iba a tener a un barrio se ponían en marcha una serie de encogimientos de hombros, de mutismos, de direcciones dadas en gestos y términos espesos a las autoridades, y quedaban frustradas las pesquisas. Nadie sabía nada nunca

Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo XIX

Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo XIX

La cultura de la ilegalidad, que había germinado durante la época de oro del contrabando, floreció en el terreno propicio de las solidaridades campesinas ante los embates de la economía de mercado. El campo resolvía las discrepancias a su manera. El Estado intervenía cuando ya el disimulo era insostenible. Pero esa cultura de la ilegalidad estaba erizada de signos ambiguos. Si bien amparaba al jornalero perseguido por el hacendado, también mantenía a raya las instrumentalidades del Estado en asuntos de violencia doméstica, explotación sexual de menores, y negligencias y abusos contra los más débiles. Al guardia civil, el maestro indagador o el comisario de barrio no convenía darle demasiada injerencia en los asuntos domésticos.

Las condiciones de vida de muchos puertorriqueños empeoraron drásticamente en la segunda mitad del siglo XIX. La epidemia del cólera de 1855-56 fue un signo de la incapacidad del Estado por prevenir el desastre de 29 mil muertes por falta de medidas básicas de higiene pública. Recurrentes epidemias de viruelas, que las remolonas autoridades municipales hacían poco por prevenir, el azote de la anemia, el surgimiento de la tuberculosis en los centros urbanos, la frecuencia del tétano infantil entre los recién nacidos, la gastroenteritis entre los niños, la mala alimentación, la lenta y penosa diseminación de los saberes médicos, y la indiferencia letrada marcan las páginas de ese desastre de salud pública. Basta corroborar las tasas de mortalidad en municipios como Utuado, Camuy, Humacao, Ciales, Río Piedras y Cayey para constatar el empeoramiento de las condiciones de vida en la época de oro de los hacendados del café y los dueños de las primeras centrales azucareras. No son Zeno Gandía ni Matías González quienes mejor documentan esta tragedia humana, sino los libros de Entierros de las parroquias y del Registro Demográfico.

La educación tampoco estuvo bien parada, y a pesar de los etnocéntricos ditirambos a la educación del siglo XIX, basta con consultar los informes semestrales de los maestros de las escuelas en los fondos municipales para darse cuenta que la minoría urbana y masculina que asistía a los salones de clase era perennemente absentista. A pesar de las reformas instituidas por el gobernador Eugenio Despujols en 1880, de acuerdo al último censo español, el del 1897, sólo el 14% de la población sabía leer y escribir.
Ese estado ineficiente, incapaz, y anodino de las últimas décadas del gobierno español en Puerto Rico cuando no pudo hacerse valer, teatralizó sus poderes para amedrentar. El caso más notable, naturalmente, es el de los compontes de 1887, pero no es el único. El resentimiento, que esas comparsas suscitaron, erosionó el sentido de pertenencia o lealtad hacia las instituciones españolas. Por eso, y en contraste con la experiencia de 1797 ante el ataque británico a la capital, la gran mayoría de los criollos permaneció ajeno a las resistencias de la invasión estadounidense de 1898.

Las partidas de tiznaos que proliferaron en los meses subsiguientes a la invasión de EE.UU pusieron de manifiesto la precariedad del orden público garantizado por el Estado. A nivel municipal no fue fácil la transición de un régimen político al otro. La crisis económica de 1898 se complicó con el huracán San Ciriaco de 1899, y el gobierno militar a duras penas pudo evitar las hambrunas. Aún así la mortalidad de 1899 fue la más alta en todo el siglo XIX. Las epidemias después del huracán azotaron a una población mal alimentada y pobremente alojada. El siglo XIX cerraba en desastre.

El siglo XX no empezó con portentos agradables. Las violentas elecciones de 1902 hicieron mella en nuestra memoria colectiva, la época de las turbas en San Juan, Río Piedras, Cayey y en tantos otros pueblos. Tras la violencia política vino la violencia laboral, según los sectores preponderantes trataron de apagar y anular el creciente movimiento obrero, culminando todo en las muertes de trabajadores en las huelgas cañeras de 1915 y 1917. Demasiado fácil nos hemos olvidado que los derechos de los trabajadores en Puerto Rico se adquirieron con enorme sacrificio y no poco conflicto. En la década de 1920 la violencia proliferó también con los esfuerzos del Estado en imponer la prohibición del alcohol. Hoy hemos reducido al folclor esos cuentos de alambiques y contrabandistas, pero no pocos muertos, tanto de civiles como de policías, incidieron en esas luchas.

Con la depresión de la década de 1930 nos enfrentamos a nuevas luchas políticas y nuevos encuentros sangrientos entre policías y nacionalistas. Pero aún mayor que esta violencia política fue el cotidiano desangramiento de nuestra isla por los homicidios y asesinatos resultantes de la miseria, la desesperanza y la competencia por los escasos recursos económicos entonces accesibles. Según los estudios de Pedro Vale, las tasas de homicidio de los años 1930 no fueron superadas en todo el siglo XX hasta la década de 1990.

Si la industrialización y la emigración masiva a Estados Unidos mitigaron en la isla la violencia callejera entre los 1940 y los 1960, la violencia doméstica y los conflictos sociales no desaparecieron del todo, según podemos constatar por las estadísticas recopiladas en ese período y los periódicos de la época. Para finales de los 1960 emergen los conflictos relacionados al trasiego y persecución de la droga, una historia de la cual no podemos todavía vislumbrar el fin. Pero además de la violencia asociada a la cultura de la droga (y como frecuentemente vemos, a la persecución de la droga) estamos cada día más conscientes de los estragos cotidianos de la violencia doméstica, de las múltiples agresiones de los adolescentes, y del preocupante aumento de ataques a personas de edad avanzada.

En resumen, una sociedad que nace al calor de un hecho violento, la conquista española de los indígenas en el siglo XVI, y que mantiene por siglos instituciones por naturaleza violenta como la esclavitud y el trabajo dependiente de los agregados, una en que el Estado siempre ha tenido un control imperfecto de las costas, y no ha podido evitar las múltiples facetas del contrabando, ni ha podido garantizar la paz social de los habitantes, una sociedad que al cabo de cuatro siglos sufre otra conquista violenta, y que vive en el marco más amplio de una sociedad caribeña violenta y un mundo injusto y violento, cuyas imágenes y exigencias repercuten aquí, no puede menos que reflejar en sus vivencias e instituciones ese historial.

Historia de Puerto Rico

Historia de Puerto Rico

Las Actitudes

Los gobernantes del siglo XX heredaron de los españoles no sólo las instituciones, leyes y reglamentos estatales del siglo XIX, sino también las actitudes, mentalidades e imaginarios que habían estado vigentes ante los esfuerzos de imponer esa normativa. Es interesante notar en la correspondencia militar la perspicacia con la que algunos oficiales estadounidenses advirtieron las fisuras entre la elite criolla puertorriqueña y las masas campesinas. La indiferencia de la elite, aun de los letrados, ante la miseria y el desamparo de los más pobres quizás se percibe en aquel proyecto de ley, endosado por el representante Luis Lloréns Torres, en el que se pretendía prohibirle a los campesinos entrar descalzos a los pueblos.

Hay una cierta continuidad entre la animadversión al pobre, entre los sectores influyentes de nuestra sociedad a principios del siglo XX y el rechazo al llamado populismo que se ha puesto de moda entre la elite letrada a principios del siglo XXI. El mismo desdén, la misma indiferencia, el mismo discurso patriarcal que despertaron el rencor de los militantes socialistas hace cien años, las mismas miradas señoriales entonces más teñidas de racismo, hoy quizás más disimuladas con discursos y dispositivos de seguridad, marcan los esfuerzos por adelantar agendas de dominación y manipulación de la gente de nuestros vecindarios, residenciales y barrios. ¿Cuánta de nuestra violencia actual no responde a esas percepciones de desdén, a ese menoscabo de la dignidad implicado en unos gestos, a ese afán por invisibilizar al otro y pretender prescindir de su presencia?

Hay coraje en nuestro país, mucho coraje, porque el egoísmo de unos pocos se ha traducido en la inseguridad de los muchos. Pero hay que ir más allá de la percepción del coraje y la frustración, más allá de la sensación de desigualdad y desprecio; y entender que los desequilibrios de oportunidad en nuestra sociedad no son compensados ni por dádivas federales ni por actitudes asistencialistas. Lo que en justicia pertenece a todos no debe ser otorgado por condescendencia.

En los mismos mecanismos de penalización por las transgresiones encontramos montados los mismos patrones de discrimen social y antagonismo elitista. En Puerto Rico la negligencia y la incompetencia se han dado de la mano para crear y perpetuar un sistema penal que es caro, ineficiente y sádico, del cual todos somos cómplices, desde los atildados feligreses de las iglesias de moda que escuchan complacientes sobre los progresos de la rehabilitación en Puerto Rico hasta los curtidos burócratas diestros en decir las cosas esperadas. Ojalá manejara yo la terza rima de Dante, para evocar el Infierno de la Comedia Puertorriqueña, y reconocer empotrados allí a aquellos secretarios de Justicia, y administradores de Corrección que han sido responsables por promover, mantener y defender este sistema opresivo de retribución penal.

Pero la responsabilidad no sólo recae sobre los que administran la política pública, también sobre los que la elaboran. Mantener la cárcel como el eje y foco de nuestro horizonte correccional es prolongar en el tiempo una de las causas más evidentes de nuestra violencia colectiva. La cárcel no es parte de la solución, sino que está en la raíz misma del problema. Es como uno de esos hospitales de antiguo cuño que en vez de proveer sanación individual servían de foco general de infección viral. Los esfuerzos que se hicieron en la revisión del Código Penal arriesgan perderse por la demagogia de quienes quieren aparentar ser enemigos del crimen y la complacencia de la burocracia judicial lenta a instrumentar las reformas. Necesitamos más, muchas más alternativas a la cárcel, y más esfuerzos por sacar adelante las vidas de aquellos señalados para purgar la violencia de todos.

1898- La guerra después de la guerra

1898- La guerra después de la guerra

Educar para la paz en una sociedad violenta

¿Cómo entonces educar para la paz en una sociedad donde la violencia ha jugado un papel tan preponderante a lo largo de sus años formativos? ¿Acaso no es misión imposible para las escuelas intentar poner paz cuando el entorno social es tan violento? Yo creo que el punto de partida debe ser la violencia misma. No debemos ignorar su presencia en nuestro pasado y en nuestro entorno. Si persistimos en proyectar la visión de un pasado idílico y armonioso, nos incapacitamos para comprender el presente. Aquellos líderes cívicos y religiosos que con tanto lirismo evocan esa perdida sociedad rural no se dan cuenta que al borrar la memoria del pasado violento perdemos la clave para entender la actualidad. Si los problemas sociales no tienen raíces hondas, entonces se convierten en fenómenos episódicos que tienen explicaciones fáciles y soluciones improvisadas. Si la violencia viene de los programas en la televisión, entonces censura la televisión. Si la fragmentación de la familia se debe a que la madre sale a trabajar, entonces que se quede en la casa. Ese tipo de respuesta expedita e ignorante le da la espalda a los agudos testimonios de los censos del pasado y los testimonios demográficos que revelan que la fragmentación de la familia no es cosa de ahora, sino que refleja un patrón de al menos 150 años de vigencia.

La mujer siempre salió a trabajar, que se le compensara por sus labores es otra cosa. Pero aquella jíbara macilenta de las fotos antiguas no se quedaba todo el día en el bohío esperando, sino que iba a la quebrada a lavar ropa, a la tala de arroz a desyerbar, al cafetal a participar en la cosecha, y si era necesario al cañaveral a cortar caña. Inventar la historia de que la mujer traicionó a la familia yéndose a trabajar a la fábrica moderna es esconder la memoria de la mujer trabajadora, esclava, agregada, pequeña propietaria y artesana, a lo largo de los cinco siglos de nuestra historia. Achacarle a ella la crisis de la familia es tergiversar la historia social de Puerto Rico, ocultando las crisis familiares y los conflictos sociales del pasado. No es tapando el pasado que llegamos a entender el presente.

Empezamos, pues, del hecho de que nuestros estudiantes y nuestros maestros viven inmersos en un mundo donde hace mucho tiempo abundan los signos violentos. Otras sociedades del pasado y del presente han compartido esa circunstancia. La capacidad de promover una sociedad igualitaria y justa, de estimular la creatividad y la vida buena, no depende tanto del entorno como de la voluntad de los que desean lograr la excelencia. La Grecia clásica de Eurípides y Platón era tan violenta, sino más, que nuestras sociedades contemporáneas, pero allí se pudo sublimar el instinto de la competencia y de la gratificación individual para asegurar un adelanto significativo en la conciencia humana. La paideia griega intentó armonizar la aspiración individual por la fama con la exigencia colectiva de responsabilidad cívica. Que no logró plenamente esa concordancia es evidente por el fracaso eventual de las ciudades-estado, pero mientras duró, el compromiso colectivo por ese ideal fructificó en las grandes obras de arte, literatura, ciencia y pensamiento filosófico que son fundamentos de nuestra civilización.

A la raíz de nuestra violencia social está una contradicción parecida a la que dinamizó la sociedad griega antigua y a otras sociedades posteriores. Por un lado consagramos el ideal de una sociedad democrática, igualitaria, donde el servicio público es objeto del constante encomio, y el desinterés y la generosidad constituyen las más altas muestras del civismo. Por otro lado hemos hecho íconos de nuestra sociedad precisamente a personajes cuyas ejecutorias contradicen los ideales que profesamos.

La peineta colorada

La peineta colorada

Hay que cuestionar el discurso del deporte

Tomemos el deporte como ejemplo. Cuando los promotores de cualquier deporte van a solicitar fondos para que se construyan instalaciones deportivas, se financien eventos, o se envíen delegaciones al exterior, el discurso gira en torno a la noción de que el deporte propicia el compañerismo, el trabajo en equipo, el respeto al adversario y el conocimiento de otras sociedades. No hay prosa cívica más elocuente que la de un presidente de federación buscando respaldos económicos. Pero cuando la cancha se construye, el torneo se auspicia, o la delegación compite internacionalmente, olvídate del compañerismo, el trabajo en equipo o las solidaridades internacionales, lo que me interesa es cuántas medallas, cuántos récord individuales, cuánto humillamos al otro. A quien se exalta es al individuo, se constituye el héroe, se desprecia al vencido, se veja el propio discurso que hizo posible el evento.

Nunca le pedimos cuenta a los deportistas, nunca le exigimos que demuestren que han logrado las metas formales que se propusieron, todo lo que pedimos es que nos traigan medallas. Cada cuatro años hay olimpiadas, y cada cuatro años el lamento de los deportistas por las medallas no conseguidas es que no se le ha dado suficiente dinero al deporte. Sin embargo, todos los años hay premios Nobel y nunca he visto que la prensa en octubre se lamente que una vez más Puerto Rico no haya conseguido un solo Nobel porque no hay suficiente respaldo para la investigación y la labor creativa. Vivimos desolados cuando no llegan las medallas deportivas, por las que tantos fondos se han derramado, y sobrevivimos sin comentario la ausencia de Puerto Rico de las premiaciones internacionales por la medicina, la investigación científica y social, y la creación literaria y artística.

El deporte nos atrae porque es violento, confrontante, agresivo y decisivo. -Pégale, Tito- grita el ejecutivo encorbatado frente a su pantalla de televisión, y toda la agresividad que ha contenido en la oficina, toda la frustración, se desborda en gritos y exclamaciones por el boxeador rampante. ¿Qué quiere decir esa fascinación colectiva con el boxeo, esa momentánea glorificación de tristes púgiles destinados a infelices ancianidades, cuando olvidados de sus antiguos fanáticos y sufriendo las consecuencias de sus lesiones gratuitas, languidezcan en hogares de ancianos esperando el somero obituario en la prensa deportiva? Deploramos la violencia, pero con los consabidos discursos cívicos fomentamos el boxeo donde se sublima y glorifica la violencia.

Dicho todo esto resulta evidente que el fomento del deporte no es en sí mismo la solución a la violencia escolar. Los que asumen esa posición, igual que los presidentes de las federaciones y demás promotores del deporte organizado, seguramente usarán el mismo manoseado discurso de que el deporte promueve la sana convivencia y la disciplina de equipo. No tengo dificultades con que hay que promover la sana convivencia y la disciplina de equipo. Lo que sí dudo es de la capacidad de los deportistas en Puerto Rico para promover esos fines. El deporte por sí mismo no lo logra automáticamente. Y personas formadas en la paideia de la promoción personal, de la competencia por la competencia, y el medallismo no han recibido la capacitación para formar adolescentes en los valores que proponen fomentar. El deporte no es una panacea, es una herramienta educativa, pero son educadores, no veteranos de dar y recibir porrazos, los que la pueden manejar pedagógicamente. Es el peor de los autoengaños creer que un veterano de las canchas y las lonas está automáticamente capacitado para ser un pedagogo. La escuela no se debe convertir en una solución de conveniencia para crearles empleo a deportistas retirados.

Don Quijote en motora y otras andanzas

Don Quijote en motora y otras andanzas

Teatralizar los signos de conflicto

Más posibilidades que al deporte para mitigar y sublimar los efectos de la violencia en nuestra sociedad le veo al teatro. No es difícil atraer a adolescentes y niños a participar en obras de teatro: el salir en escena, el vestirse teatralmente, el participar de la producción y montaje de una obra les es sumamente atractivo. En vez de separar por géneros, como el deporte, el teatro junta a muchachos y muchachas, ayuda a socializar, crea destrezas de expresión verbal y corporal, fomenta conciencia de la importancia de la palabra y del gesto, y tiene espacio no solo para actores, sino para otras variadas destrezas, desde colaborar en montar escenografía, luces y sistemas de efectos especiales hasta preparar propaganda, vestuario y maquillaje. El teatro desarrolla la autoestima, exige la colaboración en equipo, y promueve la coordinación de movimientos.

El teatro tiene innumerables vertientes, desde representaciones formales con montaje pleno, hasta las mímicas y los títeres. Un maestro creativo puede escoger el tipo de representación más adecuado a una audiencia. ¿Hay un problema de abusadores en la escuela? Quizás valga la pena no sólo educar al abusador y sus víctimas, sino también a los espectadores de sus atropellos, a ese público ante el cual el abusador o la abusadora despliega sus artes de intimidación y se constituye en cómplice mudo de sus tropelías. Un público que vea representada la flaqueza humana de todos los participantes en la cotidianidad del abuso, que logre entender que quien abusa refleja el patrón de atropello del cual él o ella misma ha sido previamente objeto, tendrá menos tolerancia para el acto y mejor comprensión del que así actúa. Para hacer esto hay sencillas técnicas de representación, que van desde lo espontáneo hasta lo estudiado. Una sesión grupal en que todos lleguen a representar espontáneamente ambas partes de la tropelía puede preceder a una discusión amplia del tema a la cual todos se sienten convocados.

Involucrar a los estudiantes en las soluciones

Usar la herramienta de la representación teatralizada de los conflictos es parte de una estrategia más amplia que en muchas escuelas del exterior se ha venido utilizando, la de involucrar a los estudiantes en las soluciones de los problemas de violencia escolar. Una de las técnicas desarrolladas en Estados Unidos ha sido la mediación de los pares. Consiste en formar equipos de arbitraje, que se familiaricen con las técnicas para la resolución y la reducción de conflictos, y que efectivamente canalicen las percepciones, los malestares y las diferencias del cuerpo estudiantil. Esto le brinda a un grupo de estudiantes la experiencia de educarse en las artes de la mediación y a la vez fomenta el que un sector significativo de la población escolar se involucre en la búsqueda de alternativas y soluciones a los problemas de la comunidad escolar.

La identificación de los problemas

Una de las ventajas de este enfoque es que permite identificar con mayor precisión las fuentes de los conflictos en la comunidad escolar. Hay cosas que son más difíciles comunicarle a un educador adulto. A la víctima de agresiones homofóbicas, cuya virilidad es cuestionada y ridiculizada por sus coetáneos, no le es fácil representar estos hechos ante una autoridad, por no conocer si la reacción va a ser destemplada o burlona, insensible o incrédula. Por eso muchas veces disimulan el rencor y la creciente ira que sienten por dentro, hasta que con un hecho violento, terriblemente violento, como ocurrió hace poco en Minnesota, EE.UU.; descargan el resentimiento acumulado. Pero los pares conocen estas situaciones, pueden efectivamente hablar de ellas sin temor a ser ridiculizados, y pueden ayudar a crear conciencia en el grupo de la injusticia y la arbitrariedad de la intolerancia.

Es el sentirse víctima de algún prejuicio lo que muchas veces nutre los comportamientos violentos. Los mismos maestros a veces contribuyen a ese malestar abonando al prejuicio general contra el individuo. Es cuando el maestro o la maestra, con sus comentarios irónicos, su repetición de apodos, y su silencio ante el atropello se hace cómplice del prejuicio que el individuo se siente carente de la protección de la autoridad, y en su desesperación puede recurrir a la agresión o al suicidio.

Identificar y desactivar los prejuicios, los estigmas, y los estereotipos requiere una discusión franca entre educadores y educandos, pero muchas veces los educadores no han tenido los elementos necesarios para poder efectivamente hablar de estas cosas con los estudiantes. No estaría de más el ocasional taller en que se fomente la toma de conciencia y se provea el instrumental conceptual para esas tareas.

También se debe aprovechar los recursos de las bibliotecas escolares. ¿Cuántos de nuestros maestros saben de los orígenes dominicanos de las familias de Eugenio María de Hostos, Ramòn Emeterio Betances y Juan Morell Campos? Así como en el pasado se han aprovechado las actividades en la biblioteca para realzar la importancia de los nacionalistas, los negros y las mujeres en nuestra historia, quizás se deba usar también la iconografía expuesta en nuestras bibliotecas para potenciar la imagen de los dominicanos, los neoricans y otros grupos expuestos al rechazo o al estereotipo. Ampliar la comprensión del mundo circundante es parte de la misión educativa, llevar al estudiante a reflexionar en la pluralidad de experiencias humanas enriquece su perspectiva, y hacerle entender que la aceptación de la diferencia es el comienzo de la convivencia sana es vital para la paz de la comunidad escolar.

Historia General del occidente europeo siglo V al XV

Historia General del occidente europeo siglo V al XV

Conflictos Escolares

Hay muchos conflictos que se agudizan porque no se han descrito adecuadamente en sus comienzos. La tendencia a chiquitear, a folclorizar, a trivializar los enconos y las rivalidades estudiantiles a veces ha resultado en preterir la solución de problemas que quizás en un primer momento hubiera sido más fácil manejar. Es importante aprender a reconocer los primeros signos de diferencias y choques, de prejuicios y rencores. Hay que preguntar ¿quién define el problema? A veces es sorprendente encontrar a muchas personas dándole vueltas a un problema mal planteado. ¿Es un problema de comunicación o de disciplina? ¿Es problema de pocas o muchas personas? ¿Es un problema que tiene su solución en la escuela o fuera de ella? ¿El problema se resuelve con más recursos o con mejor utilización de los existentes? ¿Cómo los diferentes sectores definen el problema? ¿A la definición de quién le hago caso?

Es preocupante como a veces se definen los problemas en nuestra sociedad. Un grupo cívico o profesional saca una campaña de publicidad para identificar algo como problema. La prensa le da seguimiento. De pronto los programas de radio versan sobre el problema. Se vuelve materia de discusión entre panelistas. Se le exige al gobernador y a la legislatura una pronta solución al problema. Y a nadie se le ocurre preguntar quién y por qué se urgió el asunto como un problema.

Eso, que pasa en la generalidad de nuestra sociedad, a veces se vuelve más crítico cuando se reduce al ámbito estrecho de una institución. -Me miró mal. Me faltó el respeto. Me hizo una malacrianza. Lo que empieza a veces como un agravio personal, se convierte en el asunto de mayor trascendencia de una escuela. Se generaliza: Los de ese barrio o ese residencial tienen una actitud. No se puede confiar en los muchachos de décimo. Las muchachas hoy día se han perdido el respeto a ellas mismas.

Se confunde lo accidental con lo sustancial, las formas con los contenidos. Hay varias semióticas simultáneas, y no se decodifican entre sí. De pronto las personas comienzan a tomar bandos, a veces en mera reacción a como otros se han alineado. Ahí es cuando hay que preguntar: ¿quién definió el problema? ¿Los términos del asunto están bien definidos? ¿A quién afecta el problema? ¿Las personas afectadas tienen suficiente información sobre las posibles soluciones?

El Asunto de los Desertores Escolares

Tomemos como ejemplo a los llamados desertores escolares. No es un problema reciente. Si uno examina los informes de las juntas escolares municipales del siglo XIX se da cuenta que la mayor parte de los estudiantes faltaban a la escuela la gran parte del tiempo. Los maestros achacaban el problema a los padres, que recurrían a sus hijos como mano de obra auxiliar en tiempos de labranza o de cosecha. Los padres se lo achacaban a las grandes distancias que sus hijos tenían que caminar para llegar a la escuela y a las frecuentes enfermedades. Lo interesante es que a nadie se le ocurrió preguntarle a los niños la razón.

En los últimos 120 años el problema del abandono de la escuela por los estudiantes ha sido abordado de muchas maneras. Hubo una época en que las escuelas no podían abarcar toda la potencial matrícula escolar, y por lo tanto el problema del abandono de la escuela se dejaba en manos de los padres, porque en todo caso la escuela no los pretendía atender a todos. Luego vino la época en que había cabida para todos en las escuelas, pero los maestros tenían que atender 40 o 50 muchachos en un salón, de modo que si uno que otro dejaba de asistir no se le echaba mucho de menos. En esos tiempos la deserción escolar no era un tema en la prensa porque el mercado de trabajo podía absorber a trabajadores jóvenes como aprendices, aguadores, auxiliares de albañiles, peones de camiones o personal de servicio.

El problema de la deserción escolar, se empieza a plantear como un problema agudo y de urgente necesidad de resolución, cuando la delincuencia y la violencia de los jóvenes involucrados en puntos de droga se le imputa a éste. La primera pregunta que se hace es qué debe la escuela hacer para retenerlos y cómo se les puede llevar de vuelta a la escuela. Se enumeraban las causas para la deserción escolar, sea culpabilizando a la escuela, sea a la familia, pero al igual que en el siglo XIX no se le preguntaba a los muchachos mismos.

El resultado fue que se hilvanaron unas soluciones que resultaron altamente lesivas a todas las partes. Se amenazó a las familias de los potenciales desertores escolares que si éstos abandonaban la escuela, la familia perdería las ayudas económicas brindadas por los programas federales. Se le dijo a los maestros que su efectividad se mediría por la retención de los estudiantes en el salón de clases. Y ahora se pretende condicionar la expedición de licencias de conducir a la permanencia en la escuela.

Automáticamente se presume que la escuela es la mejor solución para estos adolescentes. El resultado es que los maestros muchas veces se ven obligados a tener en sus salones de clases a estudiantes dos o tres años mayores que el grupo, desatentos, rebeldes, huraños y hostigantes.

¿Pero no hay otras formas de educar que no sea entre cuatro paredes y una pizarra? ¿No se pudiera dar otra solución al problema de estos desertores arrestados? Muchas veces la rebeldía esconde talento, pero el talento se malgasta y se degrada cuando habitualmente se usa para sabotear y obstaculizar. La frustración se vuelve fuente de violencia. Son potenciales abusadores y pobres modelos a sus compañeros de clase más jóvenes. ¿Por qué no diseñar algo distinto para estos jóvenes, algo que los rete y los satisfaga, los forme y los estimule? ¿No hay otros modelos, como clubes o asociaciones cuyas actividades estimulen las competencias necesarias para alcanzar la equivalencia de los grados?

Fernando Picó

Fernando Picó

Conclusión

Estas son algunas de las ideas con las que he pretendido provocarles en esta ocasión. No cubren todas las áreas del asunto, ni pretenden proveer una receta válida para todas las situaciones imaginables, sino constituyen solo una instancia de reflexión. Esa reflexión es altamente necesaria en un mundo que se torna cada vez más conflictivo.

En la medida que seguimos viviendo la contradicción entre exaltar al individuo y a la vez pedirle que subordine sus intereses y aspiraciones a las necesidades de la sociedad se hace imprescindible pensar en mecanismos sociales para arbitrar las tensiones, las frustraciones y las ansiedades que esa contradicción genera. No podemos darle marcha atrás al reloj, no podemos regresar a etapas más sencillas de la sociedad en las que los reclamos del individuo y de la sociedad estuvieran chocando con menor frecuencia.

Nuestros estudiantes son reflejo de las realidades sociales en que están inmersos, y por eso inciden en conductas violentas. Pero también las instituciones educativas, atentas a esas realidades sociales, deben proveerles instrumentos con los cuales puedan entender las realidades que viven. No se trata meramente de que las escuelas estén exentas de incidentes violentos, sino de que los estudiantes aprendan a manejar la conflictividad. Educar para la paz es en última instancia educar para vivir en un mundo de diversidad de intereses y de conflictos.

 

 

 

Autor: Fernando Picó
Publicado: 23 de septiembre de 2010.

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