María de los Ángeles Castro Arroyo y Gervasio Luis García, Humanistas del Año 2011
Todavía fresco el bicentenario de la Constitución aprobada por las Cortes españolas en 1812 y cercano el de la muerte de Ramón Power y Giralt en junio de 1813, decidimos aprovechar este generoso y muy inmerecido reconocimiento para repensar y celebrar la labor del diputado puertorriqueño y primer vicepresidente del alto cuerpo legislativo español de la era moderna. Power es un personaje perseguido tenaz y amorosamente por María de los ángeles por más de una década y en su relato lo verán más robusto y más grande del que conocemos. Para no apabullarlos con sendas conferencias, acordamos una conversación a dos voces con ustedes.

A mí me toca el preámbulo y el final, el telón de fondo español y americano que nos ayuda a medir sus extraordinarios combates en tierra hostil. Recordemos que Power estuvo en el vórtice de dos guerras de independencia: la de España contra los franceses y la de los americanos contra España.

Vaya por delante nuestra convicción de que la Constitución de 1812 no se entiende sin las luchas de independencia y estas sin la incapacidad de las Cortes para incorporar las demandas democráticas de los insurrectos y los descontentos de América. Desde la minoría, Power fue una de las voces más firmes, más solidarias y más inteligentes, acicateado por la certeza de que se perdía la oportunidad única de frustrar la quiebra de la España americana y la creación de otra nación española.

Es significativo que Rafael Rojas en su reciente libro Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica [2009], receptor del Premio Internacional de ensayo Isabel Polanco, alude a toda prisa a las Cortes de 1812 y las ignora en su análisis del origen caótico de las primeras repúblicas de América.[1] De esta manera desaprovecha la oportunidad de integrar metrópoli y colonia como cuerpo único frente al invasor francés. Por lo tanto, cargar las causas del desastre en América sobre Bolívar y otros libertadores “frustrados” y “melancólicos”, es olvidar el lastre de España, es mirar con nostalgia el pasado español.

La España que le tocó vivir a Power –que también era la matriz de las colonias rebeldes- no era el modelo de la nación deseable. Su historia política del siglo 19 fue descrita por Pierre Vilar como “pintoresca o fastidiosa”, un “eslabonamiento de intrigas, comedias y drama”. [2] Manuel Tuñón de Lara es más severo pues concluye que desde Carlos IV hasta 1868, los gobernantes ponen “las aventuras del corazón a la cabeza del estado español”.[3]

Tres años después del hundimiento de la flota española en la batalla de Trafalgar (1805), España sufre la invasión napoleónica. Carlos IV y Fernando VII, aduladores y obsequiosos con los franceses, ceden el trono a cambio de una residencia y una renta.[4] Pero el pueblo se rebela e inicia una guerra que también será una revolución contra el sector más corrupto de la monarquía española.

De esa lucha entre la nación patriota y la francesa nacen las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, la carta de entrada de España a la modernidad. El país deja de ser una monarquía absoluta de derecho divino y se torna en una monarquía moderada hereditaria pero constitucional. La guerra de liberación española termina en 1813 con la ayuda decisiva del ejército inglés al mando de Sir Arthur Wellesley.

En medio del asedio y la metralla franceses, las Cortes fueron un gran salto cualitativo sobre la retrógrada monarquía multisecular. Pero también, en su afán de conciliar la pesada carga del pasado con el prometedor futuro incierto, hizo graves concesiones: declaró exclusiva, verdadera y oficial a la religión católica y negó el derecho al voto a los oriundos de áfrica y a las castas, despojando del sufragio al grueso de la gente de la Península y de América.[5]

Fernando VII regresa de Francia en 1814 y en vista de que el tratado con Napoleón (Valençay, 11 de diciembre de 1813) le devuelve la condición de rey, suprime los logros más salientes de las Cortes: anula la libertad de imprenta y restaura la Inquisición: “el país había ingresado en una dictadura militar, férrea y sangrienta, basada en la exaltación de monarquía y religión”.[6]

De esa manera, con el apoyo de la Iglesia y de la aristocracia terrateniente latifundista –intocada por las leyes de Cádiz- persiguió y encarceló a los liberales. En 1820 el país intentó zafarse de ese implacable régimen con el pronunciamiento militar progresista del comandante Riego que restauró la Constitución de 1812.[7] Pero la invasión de los cien mil hijos de San Luis enviados por Francia con la bendición de la Santa Alianza, instaura otra vez el horror de Fernando VII en 1823. Entre sus atrocidades destacó la suspensión de todos los periódicos, el cierre de todas las universidades y la apertura de una escuela de tauromaquia, mientras en América remachaban el vínculo colonial a cañonazo limpio.[8] En 1833, un mes después de la muerte del rey ingrato, comenzaron las guerras carlistas, una guerra civil cuyo primer episodio duró siete sangrientos años.


 

[1] Rafael Rojas, Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica.México, Taurus, 2009.

[2] Pierre Vilar, Histoire d’Espagne. Paris, Prese Universitaire de France, 1968 p.53.

[3] Dominique Aubier y Manuel Tuñón, Espagne. Paris, Edition du Seuil, 1967, p. 64 y ss.

[4] Ibid.

[5] Ibid., 279.

[6] Emiliano Fernández de Pineda et al, Centralismo, Ilustración y agonía del antiguo régimen (1715-1833). Barcelona, 1982, p.284.

[7] Teniente coronel Rafael de Riego, 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan, localidad de Sevilla.

[8] Aubrier y Tuñón, Espagne…, p. 68; Miguel Artola, Partidos y programas políticos 1808-1936. Madrid, Aguilar, 1974, 2 vols., I, p. 135.

Esa fue a muy grandes rasgos, la España desgarrada y decadente que las Cortes de Cádiz de Ramón Power intentaron enterrar constitucionalmente en 1812. Y esa fue también la matriz metropolitana que parió las colonias de América que la madre patria no logró integrar. Es uno de los ingredientes que ayuda a entender el sueño de Power: que se “declare desde hoy que aquellas y estas posesiones no forman más que una nación y que son partes integrantes de la monarquía española con igual derecho a la representación nacional.”[9]

La utopía de Power no estaba tan extraviada pues recordemos que el primer grito de independencia de México, dado en 1810 por el cura Miguel Hidalgo, concluyó con un “¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII![10] De modo que los mexicanos “… se declaraban fieles súbditos del monarca mientras socavaban eficazmente los cimientos de la monarquía”. [11]

Las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812 y los gritos de libertad en América no solo fueron revoluciones armadas sino también ambiciosas fabricaciones de nuevas naciones. Si en España y Francia, por mencionar las más cercanas, este fue un proceso complejo, contradictorio y torturado, no es raro que así lo fuera en América.

Es lo que nos lleva a recordar otra vez al amigo Rafael Rojas que se refiere a los países latinoamericanos nacidos de las guerras como repúblicas de “aire”.[12] Es otra manera de hablar de la utopía en su significado más vulgar y no en su sentido más auténtico. Es decir, la utopía como la aspiración a la perfección, como lo que nutre todos los proyectos de superación humana.

En su análisis del fracaso de sus metas ambiciosas, la alusión a la “herencia colonial y absolutista de la monarquía española” se reduce a menciones breves y fugaces. En verdad, es injusto echarle la culpa a la España imperial de la tortuosa historia de las repúblicas nacientes. Pero no es menos justo destacar que poco sirvió de modelo el Estado español monárquico y absolutista. Además, es indiscutible que la herencia de siglos de coloniaje y de estructuras sociales y económicas aplastantes ayudaron poco a la erección de naciones modernas en América.

Aun así, a largo plazo, las repúblicas echaron cuerpo y raíces en la tierra al introducir –según José Antonio Piqueras- “factores inéditos en la vida social y política, liberaron ataduras, crearon oportunidades, acuñaron una noción de ciudadanía” y “la movilidad social se ensanchó… y es muy dudoso que se hubiera proclamado bajo el régimen constitucional español”.[13]

Mas, en tiempos de Power, para ser modernos había que construir la nación-Estado. Pero, en América, ¿cómo se construyen naciones de un imperio esquilmado y fragmentado por abismos geográficos y distancias inconmensurables, multilingüe y multiétnico, atravesado por la esclavitud de millones de africanos y sus descendientes, la servidumbre de millones de indígenas y el discrimen de mestizos y criollos?

En otras palabras, era muy pobre el barro colonial para moldear y hornear países con derechos e instituciones democráticas sólidos, que la misma Europa intentaba a tropezones sangrientos. Power fue parte del modesto grupo que se empeñó en remontar la abismal carencia de recursos para fabricar la nueva nación española. Asimismo, no solo tuvo que enfrentar la incomprensión, la ignorancia y los prejuicios de sus colegas peninsulares, sino también le tocó lidiar con el odio del gobernador Salvador Meléndez Bruna y de sus secuaces en la prensa de Cádiz.


[9] Aída R. Caro Costas, Ramón Power y Giralt, diputado puertorriqueño a las Cortes generales y extraordinarias de España, 1810-1833. (Compilación de documentos). Segunda edición revisada, ampliada y ensayo preliminar por María de los ángeles Castro Arroyo, San Juan de Puerto Rico, Oficina del Historiador Oficial, Publicaciones Gaviota, 2012, p.148.

[10] José Antonio Piqueras, Bicentenarios de libertad. La fragua de la política en España y las Américas.Barcelona, Ediciones Península, 2010, p. 428.

[11] Ibid, p. 429.

[12] Rojas, op. cit.

[13] Piqueras, op.cit., pp. 445-446.

En el enmarañado escenario de las Cortes de 1812, Power se posicionó de inmediato del lado liberal que enfrentó el reto de crear la nueva España, la España inclusiva de todos: la peninsular y la ultramarina de los americanos y filipinos. Abogó con firmeza irreductible por las reformas conducentes a erradicar algunos de los males más conspicuos del antiguo régimen y a lograr para todo el reino los cambios que creía justos e inaplazables. Sostenía que el remedio más seguro contra la incipiente rebeldía emancipadora de las colonias era su integración en condiciones de igualdad bajo una monarquía constitucional que permitiera la autonomía regional.[14]

La trastienda de las Cortes era sumamente compleja. Cádiz, último reducto de la España en guerra contra los invasores franceses, era una ciudad asediada que vivía sobresaltada bajo bombardeos incesantes y enfrentaba serias condiciones de insalubridad pública y carencia de provisiones. El clima interior del Congreso no era menos inquietante. Por primera vez se reunían representantes de las colonias y de la metrópoli con el fin de diseñar un orden estatal moderno. Esto de por sí era un reto extraordinario. Los diputados peninsulares debían rebasar los prejuicios, los temores y el estigma colonial que pesaba sobre los americanos y filipinos. Los dos últimos, a su vez, debían sobrepasar la desinformación y la inconsciencia de los peninsulares respecto a sus provincias de origen, los recelos que despertó la desigualdad representativa en los términos de la convocatoria a Cortes y el resentimiento por las añejas e inagotables quejas contra el sistema colonial. A fin de cuentas, eran mayores los motivos para la desunión que los lazos comunes.[15]

Unos y otros enfrentaban el desconocimiento de todos entre sí, lo que se acentuaba en el caso de los americanos, tanto de parte de los peninsulares hacia ellos como entre ellos mismos, por las grandes distancias que mediaban entre las provincias y el contacto limitado a que las había sometido el mercantilismo colonial. Power debió de ser uno de los pocos diputados que conocían ambos mundos.

Por si fuera poco, las Cortes también debían lidiar con la realidad multiétnica de América y Filipinas y el dilema de la trata africana y la esclavitud. Súmase a lo dicho el alto número de diputados suplentes y las significativas desavenencias ideológicas existentes en un cuerpo en el que la mayoría eran parlamentaristas novatos e improvisados. Por su parte, los peninsulares miraban con aprensión la ruta emancipadora iniciada poco antes de inaugurarse las Cortes con los primeros estallidos americanos. Ante tanta adversidad, es de admirar que pudiera llegarse al consenso de una constitución que, con todas las limitaciones que puedan señalársele, modernizaba el ejercicio del poder y la administración pública en las Españas.

Power fue una voz notable y valiente en las Cortes doceañistas no solo en lo que atañe a Puerto Rico sino por su participación global del lado del sector liberal que impulsó cambios trascendentales como fueron la instauración de la monarquía constitucional, la separación de poderes, la libertad de imprenta (aun con sus concesiones a la censura eclesiástica), la abolición de la Inquisición, la igualdad representativa entre las provincias peninsulares y las ultramarinas con las limitaciones raciales que conocemos, y el sufragio mal llamado universal que excluía a las mujeres y a los negros. Defendió con empeño los derechos de los americanos en el frente económico y político exigiendo, entre otras cosas, la libertad de comercio, el cese de la tiranía colonial y la autonomía administrativa regional. Debemos recordar que para aquellas fechas, los planteamientos de carácter autonomista eran vanguardistas y no estaban bien vistos por los sectores más moderados y conservadores de las Cortes y el Consejo de Regencia que los consideraban un paso hacia la emancipación.[16]

Los debates en Cortes se complicaron aún más para algunos de los diputados americanos –entre ellos los de Cuba, Guatemala y Perú- porque encararon, además, la mala voluntad de los gobernantes de sus provincias quienes hicieron todo lo posible por obstaculizar las labores de sus diputados. Mas Power se llevó la palma al ser perseguido con singular saña por el capitán general de Puerto Rico. Es decir, desde que fue elegido diputado, Power mantuvo una lucha perenne en dos frentes: contra sus adversarios en las Cortes y la prensa de Cádiz, y contra el mandatario insular que lo hostigó hasta su muerte.

Nuestro capitán general, Salvador Meléndez Bruna, no era ningún chiquilicuatre. Había nacido en Sevilla en 1764, once años antes que Power, y murió en Cádiz en 1828. Marino como el puertorriqueño, durante la década de 1790 participó en varias expediciones para reconocer las costas, levantar planos y realizar otros estudios científicos de la costa entre Acapulco y el golfo de Nicaragua. Se le atribuye haber levantado un mapa del golfo de Fonseca -en el Pacífico-, que todavía es fuente de conflictos entre El Salvador, Nicaragua y Honduras. También asistió a la junta encargada de realizar la traslación del puerto de Acapulco. A finales de la década lo encontramos en Filipinas como comandante de doce flotantes y dos baterías de tierra (1797) y luego ejerciendo el gobierno militar y político de la plaza de Zamboanga en Mindanao (1798-1801). En los primeros años del siglo 19 aparece en Cádiz y en 1805 participó en la batalla de Trafalgar, lo que le valió el ascenso a capitán de navío. Fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica y la de San Hermenegildo y era Caballero de Santiago.[17] Como si fuera poco, tenía hermanos ocupando posiciones influyentes. El adversario de Power, tenía pues, abolengo reconocido, algo que pesó a su favor en la contienda con el nuestro.


[14] Cf. María de los ángeles Castro Arroyo, “La lealtad anticolonial. Ramón Power en las Cortes de Cádiz” en Caro Costas, op.cit., pp. .1-34.

[15] Ibid.

[16] Ibid., pp. 6-8, 32-34.

[17] Documentos para la formación de la hoja de servicios de Salvador Meléndez Bruna en Biblioteca José M. Lázaro, Colección Puertorriqueña / Colecciones Particulares / Expedientes de los gobernadores españoles / Salvador Meléndez y Ruiz / Exp. 2, pp. 364-369. [Transcripción a maquinilla]. Además, “Busquen a Salvador Meléndez”en http://www.elsalvador.com/especiales/honduras/nota4.html

Meléndez Bruna llegó a Puerto Rico el 30 de junio de 1809 para sustituir al gobernador Toribio Montes (1804-1809) quien no tardó en enemistar a Power con el nuevo inquilino de la Fortaleza. Así empieza una tortuosa historia de antagonismos y recelos de los omnipotentes capitanes generales y el diputado boricua. Los primeros tropiezos de Power fueron con Montes. Quizás los detonaron la aparente amistad de Power con el mariscal de campo Ramón de Castro, marqués de Lorca y barón de San Pedro, excapitán general de 1796 a 1804 y héroe de la victoria contra los ingleses en 1797.[18] Con fama de “dureza de genio,[19] mas “íntegro, desinteresado y amante de la justicia” –según lo describe el retrato que le hizo Campeche para el Ayuntamiento de San Juan-, Castro había autorizado la libre entrada de harinas ante la amenaza del asedio inglés,[20] y propuesto durante su gobernación la libertad de comercio, la supresión de los diezmos y la reducción del derecho de tierras entre otras reformas.[21] Al cesar su mandato prolongó su estadía en la isla de 1805 a 1808 mientras se le celebraba el juicio de residencia.[22]

La elección de Power como vocal de la Junta Gubernativa Central, el 17 de julio de 1809, no le hizo gracia alguna a Montes que había manipulado para evitarlo. Argumentaba que Power se había enterado primero que él de la convocatoria hecha por la Junta mientras cumplía con sus responsabilidades de correos en Caracas, regresó de inmediato a la isla e hizo campaña para su elección, madrugando a otros posibles aspirantes.[23] Es patente que Power ya estaba en la mirilla del gobernante por sus ideas liberales pues Montes lo acusa ante la Junta Central de tener “la intención de dividir y disentir del gobierno”.[24] Además, lo apartó de la isla destinándolo a la rebelión que libraban los dominicanos contra los franceses con la ayuda enviada desde Puerto Rico.[25]

Así las cosas, Power resultó electo mientras estaba patrullando el puerto de Santo Domingo.[26] A su regreso a Puerto Rico una vez terminada la guerra, circuló (el 18 de agosto de 1809) -en nombre del dirigente dominicano Juan Sánchez Ramírez- una proclama en la que agradecía el respaldo habido de parte de los exiliados dominicanos y de la población civil y los cuerpos militares puertorriqueños. En ella ignoró a Montes.[27] Un poco más tarde, en carta a la Junta Gubernativa (28 de septiembre de 1809), refutó los alegatos de Montes de que los términos de las capitulaciones que habían sellado el fin de la guerra solo favorecían a los colaboradores ingleses y, además le reprochó que no hubiera reclutado a Ramón de Castro para asesorar al dirigente dominicano. Montes reaccionó indicándole a Meléndez Bruna que la elección de Power había sido apañada.[28]

Meléndez Bruna, a quien correspondió notificar a Power su elección y al parecer lo hizo en el primer momento con buena disposición, cambió de actitud ante la acusación de Montes y no tardó en impugnar la elección en carta a la Junta Central. Una vez trascendieron las distinciones y nombramientos honoríficos otorgados a Power por el ayuntamiento y el cabildo eclesiástico, afloraron rivalidades jerárquicas y protocolarias entre las dos personalidades y arreciaron las hostilidades.

En realidad, detrás de las alegaciones de uno y otro latía un asunto mucho más serio que el protocolo y la ostentación: subyacía el planteamiento medular de quién personificaba el poder superior en la provincia, si el vocal electo de la Junta Suprema, cuerpo representante de la soberanía de la nación, o el todopoderoso capitán general omnipotente designado bajo las ordenanzas del antiguo régimen. Cada uno reclamaba habérsele delegado la representación de la soberanía, lo que suponía el reconocimiento de quién era la autoridad superior en la provincia.[29] Es indudable que el capitán general, gobernador e intendente se sintió vulnerable y amenazado en su preeminencia con el nombramiento de Power.[30]

Otro asunto conflictivo se planteó cuando Power, consciente de las limitaciones que podría suponerle su formación naval en las deliberaciones de la Junta Gubernativa, solicitó que se le permitiera llevar un secretario particular. El escogido, Esteban de Ayala (nacido San Juan en 1778, tres años después que Power), se destacaba como contador interventor de Correos, había estudiado en Madrid, tenía reputación de hombre culto y gozaba de la amistad y la confianza de Power, cultivada probablemente mientras el diputado defendía el correo entre Puerto Rico y Costa Firme.[31] Meléndez Bruna levantó todas las trabas posibles: reclamó que ningún vocal de la Junta tenía derecho a un secretario particular y que sin el consentimiento del monarca no se podía separar a Ayala de su cargo. Incluso destacó que este, al ser mulato, no representaría bien a la mayoría blanca.[32]

Después de muchos malos ratos, Power ganó la controversia por la renuncia de Ayala a su puesto y la firme intervención del administrador de Correos, Tomás Hernández, en octubre de 1809. Sin embargo, el gobernador persistió en obstaculizar el nombramiento y en diciembre de ese mismo año (1809) desterró al funcionario, enviándolo a continuar sus servicios en La Habana.[33] Consta que permanecía allá a mediados de abril de 1810.[34] Pero el destino corre sus propios caminos. En enero de 1810 el Consejo de Regencia sustituyó a la Junta Suprema y el 17 de abril, mediante el mismo proceso combinado de nominación y sorteo, Power volvió a salir electo en la nueva convocatoria para diputado a las cortes constituyentes que habrían de celebrarse. Entonces obtuvo del secretario de Estado peninsular la aprobación para el nombramiento de Ayala. Es pertinente decir que este también se destacó en determinadas encomiendas que le hicieron las Cortes y en 1834 fue elegido diputado por méritos propios.

Meléndez Bruna no encajó bien esta derrota a la que sumó otra más dolorosa para su ego y fuerte temperamento: la derogación, en febrero de 1811, de las facultades omnímodas o poderes ilimitados que se le habían otorgado el 4 de septiembre de 1810 como medida preventiva ante la rebelión de Caracas y que Power refutó tildando la real orden de bárbara, arbitraria, despótica, tiránica y detestable.[35] Su ardiente discurso provocó la revocación inmediata de la real orden por parte de las Cortes y también suscitó el primero de varios artículos contra el diputado escritos por defensores del omnipresente capitán general en periódicos de Cádiz. Unos meses más tarde, el 28 de noviembre de 1811, el diputado consiguió la aprobación del conjunto de reformas conocidas como la Ley Power. Esta atendió muchas de las demandas planteadas por él para mejorar la situación en que se encontraba Puerto Rico, pero sobre todo privó al capitán general de su cargo de Intendente de la Real Hacienda y terminó con el atropellante monopolio de las harinas que regenteaba el gobernante, quitándole un lucrativo e ilegal “sobresueldo”.[36]


[18] Delfina Fernández Pascua, Ramón Power y Giralt y las Cortes de Cádiz. San Juan de Puerto Rico, Consulado General de España, MAPFRE, 2012, pp. 34-35.

[19] ádám Szászdi Nagy e István Szászdi León-Borja, Los gobernadores en la época de Campeche. San Juan de Puerto Rico, MAPFRE, 2012, P. 137.

[20] Ibid., pp. 132-133.

[21] José Campeche y su tiempo. Nueva York, 1988, p. 192; Tomás Sarramía, Los gobernadores de Puerto Rico. Publicaciones Puertorriqueñas, Inc., San Juan de Puerto Rico, 1993, pp. 82-87;

[22] Szászdi y Szászdi , op.cit., p. 129.

[23] Fernández Pascua, op.cit., pp. 34-39.

[24] Ibid, p.39-40.

[25] Ibid; Piqueras, op.cit., p. 252. El mando de la flotilla se pensó en un principio para el teniente de fragata Martin Espino. Sobre la guerra y la ayuda enviada por Puerto Rico alentada por exiliados dominicanos, cf. Fernando Picó, One frenchman, four revolutions. General Ferrand and the peoples of the Caribbean. Princeton, Markus Wiener Publishers, 2011, pp. 65-96.

[26] El proceso combinaba la nominación de un candidato por parte de cada cabildo y luego un sorteo entre ellos que se celebró en la Fortaleza.

[27] Alejandro Tapia y Rivera, Vida del pintor puertorriqueña José Campeche y Noticia histórica de Ramón Power. 2da ed., San Juan de Puerto Rico, s.e., 1946, pp.65-69. Sánchez Ramírez estuvo exiliado en Puerto Rico entre 1803 y 1807, por lo que es posible que él y Power se conocieran durante ese tiempo.

[28] Fernández Pascua, op.cit., pp. 40, 47-48.

[29] Piqueras, op.cit., pp.280-286.

[30] Caro Costas, op.cit., Carta del capitán general a Power sobre el nombramiento de su secretario particular, 19 de octubre de 1809, doc. 77, pp.247-249; Piqueras, Bicentenarios…, pp. 280-286; María de los ángeles Castro Arroyo, “La lealtad anticolonial. Ramón Power en las Cortes de Cádiz” en Caro Costas, op.cit., p.29.

[31] Caro Costas, op.cit., Carta de Power al capitán general sobre el nombramiento de su secretario particular, 14 de octubre de 1809, doc. 75, pp.238-240 / Carta de Power a la Junta Central Suprema y Gubernativa, 14 de octubre de 1809, doc. 76, pp.240-247,.

[32] Fernández Pascua, op.cit., p.48.

[33] Biblioteca José M. Lázaro, Colección Puertorriqueña / Colecciones particulares / Expediente de los gobernadores españoles / Salvador Meléndez y Ruiz / cartapacio 2 / fol. 417, Carta de Meléndez Bruna al Ministro de Ultramar [Jun] Salazar, 16 de diciembre de 1809. [Copia transcrita a maquinilla].

[34] Biblioteca José M. Lázaro, Colección Puertorriqueña / Colecciones particulares / Expediente de los gobernadores españoles / Salvador Meléndez y Ruiz / cartapacio 2 / fol. 418, Carta de Power a Esteban de Ayala, 15 de abril de 1810. [Copia transcrita a maquinilla].

[35] Caro Costas, op.cit., Representación pidiendo a las Cortes se anulase la Real Orden de 4 de septiembre de 1810 y cualquiera otra semejante que se hubiese expedido para los dominios de España o América, 15 de febrero de 1811, doc. 39, pp. 165-170; Discurso de Power impugnando las acusaciones vertidas en un papel impreso en Cádiz titulado “Primeros sucesos desagradables en la isla de Puerto Rico consecuentes a la formación de la Junta Soberana de Caracas”, 20 de agosto de 1811, doc. 84, pp. 253-259.

[36] Ibid., Power informa al Ayuntamiento de San Juan sobre las reformas económicas aprobadas para Puerto Rico, 28 de noviembre de 1811, doc. 47, pp. 198-205.

A pesar de los ataques de que fue objeto en la prensa gaditana, Power no claudicó a la hora de denunciar los excesos arbitrarios de Meléndez Bruna: las persecuciones, destituciones y castigos a miembros del ayuntamiento y a otros funcionarios civiles y religiosos; la transgresión de leyes aprobadas por las Cortes, los manejos turbios y la malversación de fondos del erario como los relacionados con la compra del cargamento de una fragata costeada mediante un impuesto a los comerciantes de San Juan y el pago de sus criados de la hacienda pública.[37] Además, lo acusó de intervenir en las elecciones del diputado a Cortes para el año de 1813 obligando a algunos soldados a votar por determinadas personas.[38]

Mas el gobernador era vengativo y no solo trató de entorpecer y desacreditar la labor de Power en las Cortes, sino que una y otra vez interrumpió la comunicación directa del diputado con los ayuntamientos de la isla. Con todo, lo que causó mayores angustias y necesidades a Power fue la retención de las dietas que el Ayuntamiento de San Juan se había comprometido a enviarle para su sostenimiento en Cádiz y que Meléndez Bruna saboteó de diferentes maneras provocando las quejas pesarosas del diputado.[39] No obstante, a pesar del dictamen de las Cortes favorable a Power, Meléndez Bruna y su familia era gente influyente y contra todos los serios alegatos presentados en su contra por Power, por los concejales de San Juan e incluso por el diputado de Coahuila, José Miguel Ramos de Arispe, su destitución nunca llegó. Mantuvo la gobernación de Puerto Rico hasta 1820.

La disputa constante con el abusivo capitán general sirvió de marco para que Power expusiera reiteradamente en las Cortes sus ideas en contra de la tiranía y demás excesos, tanto de los gobernantes como de otras situaciones de larga existencia en las provincias ultramarinas, abusos incongruentes y contradictorios con lo que se hacía y promulgaba en las Cortes.[40] Y le sirvió a nuestro diputado para repetir hasta el cansancio cuál era el camino a seguir para mantener unida a las Españas: leyes sabias y magistrados íntegros. Dicho en sus propias palabras:

Desengañémonos, para que los pueblos se mantengan en paz y quietud, para prevenir toda especie de males antes de que sucedan, solo se conocen dos remedios seguros y eficaces: leyes sabias y magistrados íntegros, ilustrados y celosos que sean los primeros en respetarlas. Leyes buenas las hay, no puede dudarse; pero en punto a magistrados, toda la nación sabe lo poco que cuidaron los anteriores gobiernos de elegirlos dotados de las cualidades necesarias para el mando difícil de las Américas… [41]
A fin de cuentas, la pugna entre Power y Meléndez Bruna reproducía a nivel personal las dos visiones que alimentaron el debate principal en las Cortes: el desencuentro entre la España abierta a la modernidad, inclusiva, liberal, más democrática e igualitaria, a la que aspiraba el diputado puertorriqueño y la España retrógrada, autoritaria, favorecedora de la eternidad del antiguo régimen, representada por Meléndez Bruna.

En la búsqueda de esa España de todos, Power rompe la medida de lo posible en el estrecho y mezquino marco imperial. Imaginen, no más, a este boricua en Cádiz bajo el bombardeo y el acoso del ejército francés, el hambre y las epidemias, cantándole las cuarenta a los prepotentes peninsulares. En ese teatro de guerra militar y política, Power convierte las quejas de los ayuntamientos puertorriqueños en denuncia de todo el edificio colonial.

Así, exige la igualdad de derechos: “los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos a los de esta península…” [42] Demanda sobre esa base igualitaria: la libertad de cultivar, la libertad de comercio, la eliminación de los monopolios de estado (e.g. las harinas), la libertad de explotar las minas, la igualdad en el empleo público, en la iglesia y en el ejército.[43]

En esta batalla de ideas y palabras, Power recurre a poderosos recursos retóricos que compensan su escasa fuerza real: la del número, la de la riqueza y la de la influencia política. Es lo que sugiere su apasionada exaltación de la Constitución de 1812. La defensa incondicional de la constitución es el antifaz de su decepción con la España profunda del pasado y del presente. De esa manera, destaca que la constitución asegura la vida, el honor, la libertad, la propiedad y la seguridad. Y a la vez nos recuerda que “… con ella se ha derrocado el abominable coloso del despotismo, de ese despotismo ominoso que nos condujo hasta el mismo borde del más hondo precipicio…”[44] Es otra forma de decir que si no se cumplen estos principios, volvemos al “horrendo monstruo de la arbitrariedad”. Y para desarmar al conservador más suspicaz, apoya las palabras del obispo de Mallorca: “Ya somos libres y ahora seremos españoles”.[45]

Mas Power sabía que para ser españoles americanos, España tenía que escuchar las impugnaciones y las condenas de las prácticas coloniales. Sobre todo, tomar nota de los gritos de protesta que retumbaban por todas las esquinas de los virreinatos. Como un experto equilibrista, el diputado puertorriqueño trae a la discusión la insurrección de Caracas que él, haciéndose el inocente, tilda de las “ocurrencias de Caracas”. Power alega, con fingida ignorancia, que no conoce de primera mano los datos de la rebelión, pero sí puede dar fe, por sus visitas anteriores a Venezuela, de “las más sentidas pruebas de su acendrado patriotismo y lealtad”.[46]

Estas “ocurrencias” no son exclusivas de Caracas, según Power, porque también se dan en Quito, en la Paz y en Buenos Aires. Y reafirma: “La América por desgracia ha sufrido el más duro peso del despotismo y la tiranía, los mandatarios del gobierno no han procurado otra cosa que volar a la opulencia por todos los medios imaginables…” [47]

Ahora bien, ¿cómo se entiende que este isleño se atreva a impugnar el orden con todas las letras? Sencilla y calculadoramente, Power aprovecha que España es un país ocupado por tropas extranjeras y está en vilo por los primeros focos de rebelión en América. Por eso, por desesperación, la metrópoli hace lo insólito, lo que Inglaterra no hizo con sus trece colonias: sienta a sus colonos en el parlamento metropolitano con voz y voto.

Es lo que le da derecho a Power a ser todavía un optimista inmaculado que cree que los nubarrones y los primeros relámpagos de la ira americana se disiparán en la nueva España. La nación es la solución: que se “declare desde hoy, que aquellas y estas posesiones no forman más que una misma nación y que todas son partes integrantes de la monarquía española con igual derecho a la representación nacional…”[48] Propone, como primer paso, “la inculpabilidad de Caracas” y decretar “una amnistía general “… que aleje a los ánimos tímidos de toda especie de temor y quite todo pretexto a cualquier genio turbulento…” [49]

De esta manera, Power retoma su ilusión primera al llegar a España, de ser parte de la gesta de crear una nueva nación española. Por lo menos, las Cortes gaditanas lograron que las palabras patria, nación y pueblo hicieran su entrada permanente en sociedad. Fueron elementos necesarios para que España dejara de ser “una abigarrada reunión de reinos y señoríos, con súbditos que hablaban lenguas variadas, … sometidos a sustanciales diferencias en términos legales y tributarios…” [50]

En resumidas cuentas, España descubrió lo mismo que América: la nación histórica es un rompecabezas y armarla aprisa, a corto plazo, es una tarea endemoniada. Intentar hacer la nación estable y democrática con piezas inconexas, en una coyuntura precaria y azarosa, era algo más allá del alcance político y de los recursos económicos del Estado-nación en ciernes.

Un año después de ser aprobada la Constitución de 1812, América grita sin amnistía, Meléndez Bruna sigue mandando en la isla y Power reclama al Ayuntamiento de San Juan –un mes antes de morir- las dietas que el gobernador le niega. Dice Power: “Enfermo y sin recursos en un país extraño no puede serme indiferente el olvido con que se me abandona a la más triste suerte…” [51]

En esa España extraña que ya no siente como su nación, todavía regía la constitución que Power llegó a llamar “el gobierno más legal que puede existir sobre la tierra…”[52] Pero se cruzan las miradas de Power y de las Cortes. Para los liberales españoles la Constitución del 12 significaba modernizar la monarquía con la inclusión desigual de América. Para Power, modernizar era descolonizar las islas y el continente. Esa fue su apuesta. Al perderla, España perdió su imperio y retrasó su modernidad.

Puesto a imaginar qué haría este criollo, hijo de un vasco y una catalana, capitán de navío metido a político comprometido en la España represiva y en bancarrota que vino después, sin constitución y con Fernando VII presidiendo un imperio en llamas, suscribo la corazonada de mi historiadora más cercana: ‘Bajo un régimen absolutista –dice María de los ángeles- ¿en qué hubiera podido desempeñarse un militar liberal que había atacado con vehemencia y sin inhibiciones la tiranía colonial? […] “estaría conminado a buscar una solución airosa. […] nublada la salida política, la lealtad miraría a la libertad”.[53]


[37] Caro Costas, op.cit., Artículo comunicado por Power al redactor general del Diario Cívico de La Habana, 14 de agosto de 1812, doc. 93, pp. 277-282.

[38] Congreso de Diputados, Diario de Sesiones. 2da ed., Madrid, Imprenta de J.A. García Acosta, 1870, 9 vols., edición digital, Acta de la sesión ordinaria de las Cortes de 29 de enero de 1813.

[39] Cf. las cartas de Power al Ayuntamiento de San Juan en Caro Costas, op.cit., docs. 51, 54, 55, 62, 65, 66, 68, 71, 72.

[40] Biblioteca José M. Lázaro, Colección Puertorriqueña / Colecciones particulares / Expediente de los gobernadores españoles / Salvador Meléndez y Ruiz / cartapacio 2 / fol. 410, Carta de Power a las Cortes, 15 de junio de 1812 [transcripción a maquinilla].

[41] Caro Costas, op.cit., Contestación de Power al papel publicado bajo el título de “Primeros sucesos desagradables en la isla de Puerto Rico…” , 22 de agosto de 1811, doc. 86, pp., 261-264.

[42] Ibid., Power presenta moción sobre la igualdad de derechos entre españoles americanos y peninsulares, 14 de octubre de 1810, doc. 28, p. 144.

[43] Ibid., Proposiciones que hacen al Congreso nacional los diputados de América y Asia, 16 de diciembre de 1810, doc. 29, pp. 145-147.

[44] Ibid., p. 227.

[45] Ibid.

[46] Caro Costas, op.cit., Reflexiones de Power acerca del estado presente de la América y sobre las medidas que deben adoptarse, Año de 1811, doc. 31., pp. 149-150.

[47] Ibid., p. 148.

[48] Ibid., p. 149.

[49] Ibid., p. 150.

[50] José álvarez Junco, Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid, Taurus, 2001, p.75.

[51] Ibid., p, 232.

[52] Ibid., pp. 150-151.

[53] Castro Arroyo, “La lealtad anticolonial… en Caro Costas, op.cit, p.34.

 

 

Autor: Castro García y
Publicado: 28 de abril de 2015.

Related Entries

Este artículo también está disponible en: English

Comente

La Fundación Puertorriqueña de las Humanidades agradece los comentarios constructivos que los lectores de la Enciclopedia de Puerto Rico nos quieran hacer. Por supuesto, estos comentarios son de la entera responsabilidad de sus respectivos autores.