En el contexto del Caribe, como en todas partes, las divisiones de género están atravesadas por relaciones de poder. Sin duda, estas relaciones de poder se han visto trastocadas por la creciente inserción de la mujer en el mundo laboral, proceso que ha venido ocurriendo de forma gradual en toda la región latinoamericana durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, pero de forma evidente a partir de la década del setenta. En la República Dominicana, por ejemplo, la “tasa de actividad femenina” (el porciento de mujeres en la fuerza laboral en relación al total de sujetos ocupados en la fuerza laboral) aumentó de 31,1% en 1970 a 39,4% en 1990. De forma similar, en Cuba la tasa de actividad femenina aumento de 31,3 en 1981 a 38,9 en 1990, y a 40,6 en 1993, mientras que la “tasa de participación femenina” (porciento de mujeres trabajando en relación al total de mujeres en edad laboral, de 17 a 54 años, de la población), que se encontraba en un 42.5% para 1997, ascendía a 44.0% para 2004. Por todo esto, el tema de las relaciones de género es central a los debates en torno al desarrollo económico y social a nivel global, pero particularmente para los países en vías de desarrollo.

Este aumento en la participación laboral de las mujeres ha contribuido de manera significativa en la disminución de la fecundidad, lo cual ha causado una disminución en el tamaño del hogar promedio. Los países caribeños, al igual que en el resto de América Latina, han venido experimentando un proceso de descenso de la fecundidad desde la década del cincuenta. En la República Dominicana, por ejemplo, entre el quinquenio 1950-55 y el quinquenio 1985-90 la fecundidad se redujo de 7.4 a 3.8 hijos por mujer, lo que representa una disminución de 48.6 por ciento; y en Cuba, la fecundidad descendió de 4.1 a 1.8 hijos por mujer para el mismo periodo, lo que equivale a una disminución de un 56.1 por ciento. Cuba, de hecho, tiene el índice de fecundidad más bajo de toda la región latinoamericana, con valores que se ubican por debajo del nivel de reemplazo poblacional desde finales de los años setenta. Por otro lado, ambos países han experimentado reducciones en el tamaño del hogar, así como aumentos en el porcentaje de hogares con mujeres como jefas de familia y proveedoras principales. Para 1995, el tamaño promedio del hogar cubano era de 3.4 personas por hogar con un 36.0 por ciento de ellos regidos por mujeres, mientras que para el mismo año, el tamaño promedio del hogar dominicano era de 4.3 personas, con un 26.8 por ciento de estos hogares regidos por mujeres.

Este incremento en la participación laboral y en la jefatura de familia de las mujeres también ha tenido como efecto un incremento en la influencia de las mujeres en otras áreas de la vida social. Uno de los indicadores más utilizados por los científicos sociales para medir las diferencias de poder entre hombres y mujeres en las sociedades contemporáneas es el “índice de desarrollo humano relativo al género” (gender development index, o IDG sus siglas en español), el cual a su vez deriva del “índice de desarrollo humano” (human development index, o IDH por sus siglas en español), ambos índices desarrollados por el Programa de Las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Así, donde el IDH mide el desarrollo humano en términos de, entre otros factores, esperanza de vida, años de instrucción, ingreso per cápita, el acceso a agua potable, el IDG mide los desarrollos de estos mismos factores, pero además, toma en consideración las desigualdades entre las mujeres y los hombres en términos comparativos, y toma en consideración componentes adicionales como la tasa de mortandad materna, la tasa de fecundidad adolescente, la tasa de educación secundaria o superior completada por mujeres, la tasa de participación de las mujeres en la fuerza laboral, la tasa de uso de anticonceptivos y de los servicios médicos de parto, entre otros. Ambos indicadores, el IDH y el IDG, representan indicadores de medición alternativos a otros indicadores de tipo más macroeconómicos, como lo son los basados en el producto interno bruto (PIB) o el ingreso per cápita (IPC) exclusivamente.

La siguiente tabla, basada en datos del Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de 2010, muestra los IDG y IDH de los países caribeños incluidos en el informe:

PAíSIDHIDG
Bahamas0,784N/A
Barbados0,7880,448
Belice0,6940,600
Costa Rica0,7250,501
Cuba0,473
Guatemala0,5600,713
Guyana0,6110,667
Haití0,4040,739
Honduras0,6040,680
Jamaica0,6880,638
México0,7500,576
Nicaragua0,5650,674
Panamá0,7550,634
República Dominicana0,6630,646
Surinam0,646N/A
Trinidad y Tobago0,7360,473
Venezuela0,6960,561

Con un IDG de 0,448, Barbados es el territorio caribeño con más alto IDG de la región caribeña, y el único con clasificación de “Muy Alta” en la escala de clasificación del PNUD. El IDG de Barbados no es muy distante de los IDGs de Estados Unidos o Cuba, de 0,400 y 0,473 respectivamente. En cualquier caso, muy por debajo de los Países Bajos, que ocupa el primer puesto con un IDG de 0,174; aunque muy por encima de Yemen, que ocupan el último puesto con un IDG de 0,853. Por otro lado, Haití (con un IDG de 0,739) ocupa el puesto más bajo de toda la región caribeña, y es el único país del Caribe con clasificación de “Bajo” en la escala de clasificación del PNUD. Habría que añadir que en un nutrido número de territorios caribeños resultó imposible hacer el cálculo de IDG por ausencia de datos, como son los casos de Bahamas, Surinam, Antigua y Barbuda, Dominica, Granada, Saint Kitts y Nevis, Santa Lucía o San Vicente y las Granadinas.

La inserción de la mujer en la fuerza laboral ha tenido también un efecto importante sobre la estructura de la familia, reflejada principalmente en forma de un incremento en las uniones consensuales o el concubinato. Cabe recalcar aquí que se trataba de un incremento de un tipo de formación de pareja que ya mostraba cifras altas en toda la región caribeña antes de que comenzara a incrementar en la década del setenta, y cuya persistencia en la región a lo largo de toda su historia moderna ha sido tema de amplio debate entre académicos del Caribe. Hace falta explicar (y en esto se centra el debate) por qué este patrón de formación de pareja persiste, y de hecho, se incrementa, a pesar del aumento en el nivel de educación de la mujer, y a pesar de todos los otros triunfos de las mujeres en su lucha por la igualdad. Es decir, se intenta explicar por qué se incrementaron los concubinatos cuando “lo que debió ocurrir” era exactamente lo opuesto. Las uniones consensuales en Cuba, por ejemplo, aumentaron de 58,4 uniones por cada 100 matrimonios en 1970, a 60,0 por cada 100 en 1981, y a 81,7 por cada 100 en 1987. En la actualidad, este indicador alcanza la cifra de 67,1 uniones por cada 100 matrimonios en Cuba. Este es también el patrón para el resto del Caribe, y en muchas otras islas –en la República Dominicana y en gran parte de las islas inglesas y francesas– las uniones consensuales superan a los matrimonios civiles. El caso se presenta con mayor gravedad cuando se observa la incidencia de uniones consensuales entre la población de mujeres adolescentes. En Cuba, por ejemplo, la incidencia de uniones consensuales con mujeres adolescentes es de 141,4 uniones por cada 100 matrimonios civiles, mientras que en la República Dominicana, es de 146,7 por cada 100. En la República Dominicana, la edad mediana de las mujeres al momento del primer matrimonio o unión fue de 19,3 años en 1995, mientras que en el caso de las cubanas fue de 19,7 años en ese mismo año.

Un área en que sin duda las mujeres han superado a los hombres es en la de la educación formal, y Cuba muestra el índice más alto de mujeres con educación secundaria y superior de toda la región caribeña. Esto responde, en parte, a una agenda social del Gobierno comunista, y su interés por erradicar todas las formas de injusticias sociales en el país, tanto cuando estas injusticias se den en el seno de unas luchas de clases sociales, o cuando se den en el seno de unas luchas de género. En Cuba, por tanto, la lucha por lograr el desarrollo integral de la mujer y su total incorporación a las tareas de construcción de la sociedad en todos los campos de la vida política, económica y cultural ha sido más marcada que en otros países de la región. Se pueden evidenciar estos logros de las mujeres cubanas al comparar los datos de nivel de educación alcanzado por las mujeres en Cuba con los alcanzados, por ejemplo, por las mujeres en la República Dominicana.

Cuba
(15-49 años)
República Dominicana
(15-49 años)
Educación primaria (o menor)28.5%43.6%
Educación secundaria63.9%23.6%
Educación superior7.6%13.2%

Mientras que en Cuba el porcentaje de mujeres en edad fértil (entre 15 y 49 años) sin haber completado escuela secundaria para 1996 era de 28.5 por ciento, en la República Dominicana, para el mismo periodo, esa cifra ascendía a 43.6 por ciento, es decir, cercano a la mitad de la población femenina en edad fértil. Más aún, mientras que en Cuba el porciento de mujeres en edad fértil con grado de educación secundaria completado era de 63.9 por ciento, en la República Dominicana era casi una tercera parte de eso, o 23.6%. El general, el porcentaje de mujeres en edad fértil en Cuba con educación secundaria o superior es de 71.5 por ciento. En el resto del Caribe, la tendencia es a que haya más mujeres que hombres matriculados en la escuela, aunque este fenómeno esta ocurriendo también en muchos países desarrollados.

El problema de la disparidad de educación entre hombres y mujeres se evidencia de forma aguda en la isla de Jamaica. Jamaica es el único país caribeño donde las mujeres tienen índices de alfabetización mayor que los hombres (88% para las mujeres contra 80% para los hombres). Algunos científicos sociales interesados en temas de identidades masculinas en el Caribe han utilizado estos datos de disparidad a favor de las mujeres para argumentar la existencia de un patrón de “marginalización del hombre”. Resulta interesante, sin embargo, que esta ventaja de las mujeres sobre los hombres en términos de alfabetización y educación no deja rastro sobre los índices de acceso de los dos géneros a puestos de trabajos cualificados en el mercado laboral formal, donde las diferencias son mínimas.

Un patrón similar al que presentan las disparidades de género en alfabetización y educación formal se evidencia en el porciento de las mujeres en puestos profesionales o cualificados, en comparación con las mujeres en puestos de trabajos no diestros: mientras que en Cuba un 64.6 por ciento de las mujeres activas ocupan puestos a nivel profesional, en la República Dominicana dicha cifra se reduce a solo 49.0 por ciento. En la República Dominicana, además, se observa un patrón presente también en muchas de las islas del Caribe insular con economías basadas en el turismo; es decir, que gran parte de la población femenina se encuentra empleada en este sector económico de forma directa o indirecta. En la República Dominicana se observa una fuerte presencia en las actividades de servicios, y 7 de cada 10 trabajadoras de esta isla se ocupan en actividades vinculadas al sector terciario, siendo relativamente baja aún su presencia en puestos profesionales o técnicos.

En lo que al hombre se refiere, este se encuentra en desventaja con respecto a la mujer en términos de logros académicos, y este hecho, junto con la baja tasa de participación laboral de los hombres, se suele relacionar con una baja participación en las actividades de crianza de los hijos. El tema de la ausencia del padre en los hogares caribeños, y del papel de la mujer como proveedora principal del hogar, ha sido también tema de un largo debate en las ciencias sociales, y algunos autores han intentado mostrar una continuidad histórica con modelos de familia provenientes de sociedades matriarcales africanas, o con modelos extraídos de la vida en las plantaciones de azúcar durante la esclavitud.
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Publicado: 15 de mayo de 2012.

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