La sociedad taína estuvo caracterizada por un complejo pensamiento mítico religioso, proyectado en singulares mitos de orígenes. Lo que se conoce de estos hoy es gracias a los escritos de fray Ramón Pané, quien recopiló información sobre los indígenas. Fue el primer europeo en aprender una lengua americana, el primero en escribir un libro en el Nuevo Mundo y el primer etnólogo de América.

El mito constituye parte de las realidades ideales de una cultura, es una versión sagrada de una supuesta realidad. La mitología de una cultura viene a ser su historia sagrada. El concepto del tiempo nacería como consecuencia de la observación del movimiento cíclico de los astros. La salida y puesta del sol dio lugar a los días; las fases de la luna permitieron medir un tiempo más extenso, dando origen a los meses.

Los astros fueron mitificados, pues se creía que en ellos residían los seres de orígenes, los que en un remoto pasado, en los tiempos míticos, habían vivido en la tierra y ahora moraban en el cielo. Pensaban que la creación del universo había pasado por varias eras o ciclos. El primer ciclo inició cuando, en el principio de los tiempos, existió Yaya, que significa “esencia de vida”. Yaya era un sumo espíritu que evolucionó en el ser supremo Yúcahu Bagua Maóracoti. Según las creencias de los taínos, esta deidad se encuentra en el cielo, es inmortal, nadie puede verla y tiene madre, mas no tiene principio.

La madre de Yaya lleva por nombre Atabey, Yermao, Guacar, Apito y Zuimaco. Su nombre se interpreta como “madre de las aguas”. Estos nombres establecían la jerarquía que tenía esta poderosa deidad en el panteón taíno. Yaya tuvo un hijo, nombrado Yayael (hijo de Yaya). Una vez crece, Yayael quiso matar a su padre. Yaya destierra a Yayael durante cuatro meses, y a su regreso lo mata. Los huesos de Yayael fueron colocados dentro de una calabaza o higüero como símbolo de que toda creación va precedida de un sacrificio. Posiblemente, esta creencia dio pie a la costumbre de los taínos de colgar de sus viviendas cestillos con los huesos de sus progenitores difuntos. Las crónicas de Francisco Colón hacen referencia a este ritual: “…en La Española encuentran una calavera muy bien guardada… que sería la cabeza de padre o madre, o de persona que mucho querían”.

Continuando con el primer ciclo de la mitología taína, llegaron al bohío de Yaya los cuatro hijos de gemelos de Itiba Cahubaba, la Gran Madre Tierra, que había muerto durante el parto (los gemelos representan la expansión del espacio, las cuatro direcciones). En ausencia de Yaya, los gemelos bajaron la calabaza y comieron de los peces que había dentro. Luego, trataron de colgar la calabaza apresuradamente, pero esta cayó al suelo y se rompió. El agua y los peces se desparramaron, originándose así los mares, los peces y otras criaturas marinas. Estos gemelos continuaron con sus travesuras, robándole el fuego, el casabe y la cohoba a Bayamanaco, el dios del fuego.

El segundo ciclo de la mitología taína comprendió la creación del universo taíno. Los taínos pensaban que eran originarios de la isla de Haití, conocida por ellos como Bohío. Pensaban que era una isla viviente, un ser femenino. Para los taínos, las cuevas eran una especie de útero, un portal de entrada al inframundo. Tres cuevas eran las más importantes, de estas cuevas salieron la luna, el sol, la gran serpiente Inaguaboina y, por último, los taínos.

El tercer ciclo comprendió la formación de la sociedad taína. De la cueva surgieron Guahayona y Anacacuya quienes dieron inicio a este pueblo. Guahayona se convirtió en el primer bohíque o chamán que logró viajar entre los mundos. Una mujer de nombre Guabonito ayudó a Guahayona luego de una enfermedad. Esta mujer fungió como un espíritu guía, entregándole a Guahayona los poderes secretos de la naturaleza.

Los taínos perpetuaban esta tradición a través del areito. El canto y el baile transmitían este conocimiento a las futuras generaciones, así como la genealogía de los caciques y otras proezas. El areito servía para asegurar que no se olvidara esta parte importante de su cultura. En la ceremonia del areito participaban tanto mujeres como hombres juntos, sujetados de los brazos, bailando en fila o en círculos al ritmo de un gran tambor, maracas, flautas y fotutos. Esta actividad se realizaba hasta la extenuación, evocando la armonía cósmica. Se realizaba en el batey, el espacio sagrado ubicado en la plaza central del poblado.

En cuanto a sus prácticas funerarias, parece ser que, por lo general, los saladoides, enterraban a sus muertos acuclillados, es decir, con las piernas flexionadas, con ninguna o muy pocas ofrendas. Sin embargo, junto a restos humanos se han encontrado esqueletos de una especie de perro domesticado que tenían en gran estima, tal como ocurre en el yacimiento punta Candelero, en Humacao, estudiado por el arqueólogo Miguel Rodríguez.

Los trigonolitos o cemíes fueron la representación de sus dioses. En los antiguos yacimientos se reportan de pequeño tamaño y sin decoración. Algunas vasijas poseían dos pequeños tubos que se estima se utilizaban para inhalar polvos alucinógenos colocados en su interior como parte del ritual alucinatorio de origen suramericano para comunicarse con sus seres superiores. Esta práctica era exclusiva para el cacique y, en algunas ocasiones, para el bohíque y un grupo de ancianos que se unían al ritual.

La sociedad taína vivía bajo la creencia de que lo que pensaban se encontraba en los cielos, donde lo divino y lo cotidiano se entrelazaban. El objetivo principal de esta sociedad y de sus creencias era mantener el equilibrio tanto en la tierra como en los cielos. Si algo en la tierra estaba fuera de su centro, asimismo, algo no andaría bien en los cielos. Vivían buscando una perfecta armonía entre ambos mundos.

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