Maravedí en cobre acuñado en Santo Domingo (FUENTE: www.rhinocoins.com)
Durante sus más de 500 años de historia tras su descubrimiento por los europeos, Puerto Rico ha ensayado una multiplicidad de sistemas monetarios, incluyendo por más de dos siglos la dependencia de remesas del situado del Virreinato de Nueva España, papel moneda provincial, moneda macuquina, moneda “fuerte” de cuño español, mutilaciones y resellos (contramarcas), monedas extranjeras (principalmente estadounidense y mejicanas), tokens o fichas de hacienda y comerciales, moneda de plata provincial y emisiones limitadas de papel moneda de la banca local, previo a la dolarización trás el cambio de soberanía de 1898. En las próximas páginas proveemos una mirada panorámica de algunas de las etapas principales del desarrollo monetario isleño.
Periodo precolombino (previo a 1493)
A su llegada a Boriquén, el 19 de noviembre de 1493, Cristóbal Colón, se topó con una isla densamente poblada por un grupo de nativos, muy similar a los que conoció en la isla de Haití (La Española) en su primer viaje: los taínos. De manera similar a La Española, en Borikén los taínos estaban muy bien organizados en varios cacicazgos regionales, los cuales obedecían el mando de un cacique principal, llamado Agüeybana, de la región de Guánica. Los nativos tenían una organización social jerárquica, encabezada por un cacique, seguido por un behique o bohique, bajo el cual se ubicaban los nitaínos o guerreros. Los naborías constituían el sector poblacional mayor, al ser equivalentes a los trabajadores. En términos económicos, sus principales actividades de subsistencia eran la pesca, la caza y la agricultura. Al igual que muchos otros pueblos indígenas, los taínos no conocían el concepto abstracto del dinero, ni mucho menos de la moneda como medio para normalizar el intercambio económico. De acuerdo con Fray Iñigo Abbad y Lasierra en su primera historia de Puerto Rico, original de 1788: “…todos sus negocios se reducían a trocar sus dijes y bagatelas entre sí, sin detenerse en el exceso del valor que había entre unas y otras, pues todo el precio se lo daba el antojo del que cambiaba; la mejor alhaja la daban por una agujeta,… tal era el concepto que formaban de las cosas. No tenían monedas, pesos, ni medidas”.). Esta cita refleja con claridad la utilización del sistema del “trueque” o intercambio en las actividades cotidianas del nativo isleño.
En 1535, uno de los principales cronistas de la conquista, Gonzalo Fernández de Oviedo – en pleno apogeo de la actividad minera en la isla de San Juan Bautista, que tantas vidas de indios segó – relataba en su Historia general y natural de las Yndias cómo los taínos realizaban el trueque de bienes, y cómo, al tener un concepto del “valor” totalmente distinto al del europeo, éstos les consideraban como torpes e ignorantes:
“Era el exercicio principal de los indios…mercadear y trocar unas cosas por otras, no con la astucia de nuestros mercaderes, pidiendo por lo que vale un real muchos más…sino muy al revés de todo esto, y desatinadamente, porque por maravilla miraban en que valiesse tanto lo que les daban como lo que ellos volvían en prescio o trueco; sino teniendo contentamiento de la cosa por su passatiempo, daban lo que valía ciento por lo que no valía diez ni aún cinco…y assi a este respecto todo lo demás barataban, y luego aquello que avian avido lo tornaban a vender por otro disparate semejante, valiendo o no valiendo más o menos prescio lo uno que lo otro” (Fernández Méndez, 1995, p. 90).
Es claro que en este choque cultural, los taínos sufrieron la peor parte. Los colonizadores aprovecharon inicialmente esa distintiva noción de valor, tomándola por ignorancia, y sacando ventaja deshonesta de dicha disposición.
La actividad minera en Puerto Rico fue de muy corta duración. Ya para mediados del siglo XVI las minas estaban agotadas. La actividad económica de los pocos pobladores europeos se moverá a la cría de ganado, las pieles, la caña de azúcar, el jengibre y alguna siembra de subsistencia. En esta etapa de transición hacia un sistema monetario más estable, los pobladores dependían de la poca moneda que llegaba a la Isla de las emisiones especiales acuñadas en Burgos y Sevilla para los asientos coloniales de Indias. La primera acuñación específicamente destinada al Nuevo Mundo fue fechada en 1504, fue realizada en la ceca de Sevilla y es una moneda de cuatro maravedíes de cobre (ver Fig. 1). Junto a la misma, Fernando el Católico hizo fabricar moneda de oro y plata para La Española, a través de la Casa de Contratación (Figs. 2 y 3).

Fig. 1: Moneda de 4 maravedíes, ceca de Sevilla (FUENTE: www.fuenterrebollo.com)

Fig 2: Moneda de 1 real, ceca de Sevilla (FUENTE: www.fuenterrebollo.com)

Fig. 3: 8 reales, ceca de Sevilla (FUENTE: www.fuenterrebollo.com)

Fig. 4: Maravedí en cobre acuñado en Santo Domingo (FUENTE: www.rhinocoins.com)
La práctica de recibir moneda de la península resultó insuficiente para nutrir de numerario a los nuevos territorios coloniales, en continua expansión. En respuesta, se crearán las primeras cecas o casas de acuñación en las Indias: la de México o Nueva España (1536) y la de Santo Domingo (1542). Por años Puerto Rico recibió alguna moneda de vellón acuñada en Santo Domingo la cual, por su baja calidad, era llamada “moneda de pobre” o “de fraile” por parte de los pobladores (ver Fig. 4). Ante la ausencia casi total de moneda fraccionaria para solventar los intercambios, los capitanes a cargo rogaron en múltiples ocasiones a la Corona por el envío de metálico a la Isla. Hacia fines del siglo XVI fue que dichos ruegos recibieron alguna atención. Por Real Decreto de 1582, el Gobierno español ordenó el envío de un subsidio anual proveniente de las arcas del Virreinato de Nueva España. El llamado situado mexicano arribó finalmente a partir de 1587. De ahí en adelante, se inicióun extenso periodo de dependencia económica – sobre 200 años – que limitó el desarrollo endógeno del País.
Según los decretos, la cantidad anual asignada para subvencionar los gastos locales era de “dos cuentos, 686,275 maravedíes”, esto es, dos millones, 686,275 maravedíes, denominación que a su vez era considerada una moneda de “cuenta”, o sea, no metálica sino contable. En términos prácticos y de piezas fraccionarias de circulación verdadera, se trataba en efecto de una asignación aproximada de unos 80,000 reales, o unos 10,000 pesos anuales. Por supuesto, dicha remesa distó muchísimo de resolver los apremiantes problemas económicos de la Isla. En primer lugar, el arribo confiable de las mismas fue casi nulo, siendo afectadas por naufragios, ataques de piratas y corsarios, retenciones irregulares en la Habana (primer punto de arribo), y finalmente, por su eliminación total tras las guerras de independencias americanas a inicios del siglo XIX.
Aunque muy extenso (222 años), el período del situado no constituyó una contribución al desarrollo de instrumentos monetarios locales. Traía monedas de acuñación mexicana que, por los factores ya mencionados, no permanecieron circulando por mucho tiempo en la Isla. El poco numerario que llegaba se perdía o salía de dicha circulación a través del comercio de la capital, y sobre todo de la amplia actividad de contrabando, principalmente a través de la región suroeste del País. La dependencia del gobierno local sobre las remesas del situado fue de tal magnitud, que hacia 1788 las mismas representaban cerca del 69% de la totalidad de sus ingresos (De Córdova,III, pp. 57-58).
Desde el punto de vista numismático, el período del situado vio la evolución de los distintos tipos de monedas españolas, comenzando con las llamadas del tipo “pilares” (ver Fig. 5), seguidas por las de “dos mundos” (ver Fig. 6), y luego las de “busto” con la aparición de las efigies reales (ver Fig. 7).


Fig. 5: 4 reales, tipo “pilares”, Carlos y Juana. Ceca de Méjico (1536-1572) (FUENTE: www.numisbids.com)

Fig. 6: Moneda tipo “dos mundos” de 8 reales, Felipe V, 1734. Ceca de Méjico (FUENTE: www.coindatabase.com)

Fig. 7: 8 reales, tipo “busto”, Carlos IV, 1808 (FUENTE: www.blognumismatico.com)
Periodo de crisis monetaria (siglo XIX)
En sus Memorias, Geográficas, Históricas, Económicas y Estadísticas de la Isla de Puerto Rico (1832), Don Pedro Tomás de Córdova, secretario del gobernador Salvador Meléndez Bruna, indicaba que “…la falta de oportunos situados de Méjico…causaron en la Isla la mayor penuria… [el Gobierno] tuvo que emitir papeletas de 8 reales, en falta de moneda, estinguibles con el Situado” (De Córdova,1832, III, p. 150). La ausencia definitiva de las remesas del situado tras la independencia de México a finales de la primera década del siglo XIX sumió a Puerto Rico en su mayor crisis económica y humanitaria desde los inicios de la colonización española. Sin una economía local fuerte que pudiese generar productos, exportaciones ni impuestos, Puerto Rico entró en un proceso de deterioro acelerado, esto agravado por la carencia total de numerario o moneda fraccionaria que pudiese apoyar las más elementales transacciones económicas del diario vivir.
Al igual que ocurrió en muchas otras jurisdicciones periferales del decadente Imperio Español, los gobernadores locales recurrieron a diversas estrategias desesperadas para recaudar algunos pocos recursos fiscales, las cuales fueron desde la toma de empréstitos a comerciantes pudientes a través de bonos de la tesorería, culminando con la emisión de papel moneda provisional (billetes denominados papeletas, o también llamados “tengos”), de fabricación local muy rústica, lo cual como era de esperarse, se prestaba fácilmente para las falsificaciones y la inflación de precios ante la desconfianza pública. Como se ha establecido ya en varias publicaciones, por causas de sus penurias económicas, Puerto Rico tiene la peculiaridad de ser la primera jurisdicción del nuevo mundo en emitir papel moneda localmente. Según las Memorias de Pedro Tomás de Córdova (1832), dichas emisiones son tan tempranas como 1766 (no se conocen ejemplares), siendo seguidas por emisiones en 1769, bajo el gobernador Miguel de Muesas, pasando por las de 1781 cuyos ejemplares fueron descubiertos recientemente en archivos peninsulares (Navarro, 2014) (ver Fig. 8), y culminando con las de mayor envergadura de 1812 y 1813, bajo el gobernador Salvador Menéndez Bruna (Crespo, 2005). Las emisiones de 1812 y 1813 representaron uno de los momentos más críticos de la crisis monetaria del País como consecuencia ya del cese definitivo de las remesas del situado (ver Fig. 9). Ante esta crisis definitiva (habiéndose recibido las últimas remesas del situado por 500,000 y 100,000 pesos en 1809 y 1810), por Real Orden del 31 de agosto de 1812 el gobernador Salvador Meléndez Bruna autorizó una emisión inicial de moneda provincial de papeletas en cantidad de 80,000 pesos, la cual fue gradualmente aumentada hasta llegar a los 500,000 pesos en 1813, manteniéndose en circulación hasta principios de 1816, siendo finalmente amortizada gracias a los oficios y políticas del intendente Alejandro Ramírez (González, 1934; González Vales, 1978, 1992).
En ese momento de extrema crisis fiscal, surgió la figura del nuevo intendente, Alejandro Ramírez. Ramírez llegó a Puerto Rico el 11 de febrero de 1813 procedente de Guatemala. Ocupóla posición de Intendente de la Real Hacienda en Puerto Rico hasta el inicio de 1816, luego de que dicho cargo fuese separado del de la Capitanía General acorde con la Ley Power, redactada por el representante de Puerto Rico en las Cortes de Cádiz, RamónPower, el 28 de noviembre de 1811., Ramírez comenzó a implantar de inmediato diversas gestiones para fortalecer, no solo la hacienda pública, sino también el desarrollo agrícola e industrial y, sobre todo, para devolver la confianza de la población en la gestión pública en general. Una de las primeras acciones del nuevo intendente, y de seguro la de mayor prioridad, fue el instaurar mecanismos para la amortización y extinción del papel moneda devaluado circulante (unos 500,000 pesos como ya hemos indicado).
Recordamos que la naturaleza rústica y la impresión artesanal de estos primeros billetes o “papeletas”, las hacían propensas a la falsificación, provocando la desconfianza general del pueblo sobre el papel moneda, y a su vez generando la consabida inflación de precios, la cual en el caso de Puerto Rico llegó a alcanzar hasta un 300%, o tres veces el precio regular que se pagaba por los artículos con moneda metálica (Crespo, 2005). Posteriormente, Ramírez comisionó la impresión de billetes de mejor calidad a la firma Murray, Draper, Fairman & Co. de Filadelfia (predecesora de la American Banknote Co.), para fortalecer la confianza pública en el papel moneda, ya que lo consideraba un desarrollo inevitable en toda economía (ver Fig. 10). Como es de esperar, tanto las papeletas rústicas como los billetes de 3 y 5 pesos emitidos por Ramírez son extremadamente raros, y se cuentan entre las piezas más importantes de la numismática puertorriqueña.

Fig 8: Anverso y reverso de la papeleta de 8 reales, emisión de 1781. Mencionada en las memorias de Pedro Tomás de Córdova (1834), no se conocían especímenes de este billete, hasta que en 2014 este ejemplar fue descubierto por el Dr. Angel Navarro Zayas en los archivos españoles, bajo el auspicio de la Sociedad Numismática de Puerto Rico (FUENTE: Archivo General de Indias. MP-MONEDAS,3(2).http://pares.mcu.es/)

Fig. 9: Billete de 8 reales de la Tesorería Nacional de Puerto Rico, emisión de 1813 (anverso y reverso), también conocido como el billete “del corderito”.
(FUENTE: http://www.numismaticodigital.com/noticia/9484/articulos-notafilia/billetes-puerto-rico-i.html)


Fig. 10: Billetes de 3 y 5 pesos comisionada su impresión por el intendente Alejandro Ramírez a la Murray, Draper, Fairman & Co. en 1815. La firma de Ramírez aparece en la parte inferior izquierda. (FUENTE: http://www.numismaticodigital.com/noticia/9484/articulos-notafilia/billetes-puerto-rico-i.html)
La moneda macuquina (1813-1857)
A la par del proceso de amortización del papel moneda, el 18 de junio de 1813 el gobernador y capitán general Salvador Meléndez Bruna, por recomendación de Ramírez, autorizó la entrada y circulación legal en la Isla de la moneda del tipo llamado “macuquina” (Cruz, 1970). El reconocido numismático Humberto F. Burzio define la macuquina como “moneda colonial hispanoamericana, de plata u oro, batida en cospeles irregulares sin cordoncillo, de bordes recortados, espesor y módulo variables y de tosca acuñación, que con el nombre de ‘corriente’ circuló en América con un valor menor respecto a la de cordoncillo de los tipos columnario y de busto, llamada ‘fuerte’ “(Burzio, 1958, I, p. 61).
Aunque las monedas macuquinas fueron producidas desde los inicios de las operaciones de acuñación en el nuevo mundo, en general su propósito era el de proveer un medio de grabar e identificar con un valor ponderal la “pasta” o plata cruda que se remesaba hacia la metrópoli. La subsiguiente aparición de monedas regulares con cordoncillo o borde definido (como las del tipo columnarias o “dos mundos”, a partir de 1732, y posteriormente las de “busto” –por presentar la efigie real- a partir de 1772, bajo el reinado de Felipe V) (Burzio, 1958; Ortiz, 1984), suponía la sustitución de la macuquina por circulante de mayor calidad y confiabilidad. No obstante, enfrentando la carencia de cualquier tipo de moneda circulante en la Isla por el cese del situado, y ante la imperiosa necesidad de sustituir el gravoso papel moneda provisional, el Gobierno local dio paso a la macuquina. Esta decisión estuvo también íntimamente ligada al arribo a la Isla de grandes cantidades de emigrantes incondicionales procedentes de Venezuela, huyendo de las luchas de independencia en el convulsionado país de “costa-firme”. Según Burzio (1958), los patriotas de Caracas acuñaron grandes cantidades de moneda macuquina entre los años de 1811 al 1813 (ver Fig. 11). El objetivo de aprovechar este flujo de emigrantes, con sus consabidos caudales, se denota de forma expresa desde la primera oración del propio decreto de Meléndez Bruna:
“Como en muchas de nuestras provincias Españolas de Ultramar y especialmente en la de Costa-Firme, corre con autoridad pública la antigua moneda de plata llamada macuquina; y que el comercio con esta Isla se dificulta y embaraza por no estar en uso, ni creerse permitida en ella su introducción y circulación (…) La Junta Provincial de la Hacienda Nacional tubo a bien acordar . . .la introducción y libre circulación de la moneda macuquina en esta Isla, siempre que viniera debidamente registrada de puertos de la Costa-Firme u otro de la España Ultramarina (…) se recibirá para toda especie de pagamentos, por su valor nominal, el mismo que tubiere estampado en su sello, o el que le diere la común aceptación...” (González, 1934, pp. 108-109). [ énfasis nuestro ]
Fig. 11: Moneda macuquina caraqueña de 2 reales de 1817
(FUENTE: http://www.monedasdevenezuela.net/monedas/independencia/2-reales-patriota-realista/)
Además de la infinidad de problemas de confianza pública que generaba la moneda macuquina en las transacciones del diario vivir, desde el punto de vista del análisis económico, este circulante de muy baja calidad ahondaba aún más la crisis de escasez monetaria en el País, ya que, acorde al axioma monetario de Gresham, el poco circulante de buena ley existente se reservaba para el pago de las exportaciones, escapando así de la Puerto Rico y condenando a la población al uso de la macuquina para el grueso de sus transacciones domésticas internas. Como diría Annie Santiago de Curet, “paulatinamente la macuquina desplazaba la moneda de mejor ley, que era utilizada en las transacciones comerciales con el exterior” (“Crédito, moneda y banca…,1989, p. 24).
La moneda macuquina se mantuvo en circulación en la Isla hasta 1857, año en que se decretó su recogida y canje por moneda “de cordón” o moneda “fuerte” de cuño español, por decreto real implantado por el gobernador Fernando Cotoner el 5 de mayo de 1857. Según rezaba el propio decreto, se ordenaba la recogida de la macuquina “que agobiaba al comercio y afligía a las clases pobres, labrando así, a paso agigantado, la ruina del país” (Cruz, 1970, p. 360).

Fig. 12: Variedad de monedas macuquinas mutiladas y desgastadas. (FUENTE: Imágenes libres de internet)
En su relación del estado de la Isla de Puerto Rico al momento del cambio de soberanía en 1898, Cayetano Coll y Toste provee una síntesis del desarrollo monetario del país (Coll y Toste, 2003). Respecto al canje de la moneda macuquina en 1857, señala que en dicha operación la Isla sufrió un último timo como consecuencia de la desvalorización de tan depreciada moneda, ya que para su sustitución por moneda fuerte de cordón, las autoridades españolas le aplicaron un descuento de un 12 ½ por ciento.

Fig. 13: Moneda “fuerte” o “de cordon” de cuño español, 20 y 4 reales, Isabel II (1857).
(FUENTE: http://www.coindatabase.com/coin_detail_pesetas.php?cdb=1R200105; https://www.sixbid.com/browse.html?auction=3108&category=63715&lot=2598804)
Esto significó que por cada peso o real de a ocho macuquino, el portador recibió siete (7) reales en moneda “fuerte”, perdiendo un real de valor en el proceso (o en otras palabras, el canje se efectuó a razón de nueve (9) reales macuquinos por cada peso de cuño español). Según el médico historiador, la moneda macuquina circulante al momento del canje totalizó 1,565,466 pesos 40 centavos, de los cuales España proveyó 1,350,000 pesos en nueva moneda de cordón. Coincidimos con estos autores que señalan “Este ha sido el país de los canjes de moneda. Puerto Rico ha sido vilmente explotado en este sentido” (Coll y Toste, 2003, p. 13).
Monedas extranjeras, mutilaciones, contramarcas (1870 al 1885)
La recogida de la moneda macuquina en 1857 no solucionó las penurias económicas y monetarias de Puerto Rico . De hecho, la intención expresa de sustituir la moneda macuquina por “moneda fuerte” de cuño peninsular – según rezaba el decreto de 1857 – nunca se materializó totalmente, y como hemos visto, en realidad significó una pérdida adicional de riqueza por causa de la tasa de descuento aplicada en dicha operación. Para mitigar en parte la insuficiencia monetaria y la falta de circulante fraccionario, en 1867 se permitió la circulación de diversas monedas extranjeras, particularmente el dólar estadounidense y el napoleón francés, las cuales eran pesadas y ensayadas periódicamente previo a su autorización y a la aplicación de las tasas de cambio prevalecientes al momento. Más adelante, por decreto de 1879, se permitió la circulación del peso mexicano.
Como era de esperarse, las monedas de mayor calidad y apoyadas por patrones monetarios sólidos eran las preferidas, llegando a dominar por décadas las operaciones comerciales locales, aún por encima de la poca moneda española existente. Entre éstas, la moneda de Estados Unidos de Norteamérica, así como la de la nueva República Mexicana fueron las de mayor preferencia y dominio. En el caso de la moneda estadounidense, circularon en la Isla diversos tipos y denominaciones, tales como los tipos de la Libertad Sentada (Liberty Seated), el dólar Morgan, e incluso algunas del tipo “Liberty Head”, entre otras. Las denominaciones más comunes eran las de 25 y 50 centavos; las piezas de dólar circulaban limitadas por lo general a las transacciones comerciales de mayor escala.
Sin duda la moneda extranjera de mayor impacto e influencia sobre la economía del País en este período – aún por sobre la estadounidense –fue el peso mexicano. Mejor conocido por el pueblo como el “Sol Mejicano” (por los rayos de luz que emanan del gorro frigio que domina el campo del anverso), el peso mexicano ganó el favor por igual de comerciantes y ciudadanos. No obstante, las constantes oscilaciones en los intercambios de valor – suscitadas por la prevalencia y dominio del patrón oro, tanto en países europeos como en los Estados Unidos – suscitó nuevamente las actividades de acaparamiento y especulación del circulante mexicano por parte de muchos comerciantes, a expensas de grandes pérdidas de riqueza de Puerto Rico.

Fig. 14: Peso de plata o “sol” mexicano, 1876.
(FUENTE: https://www.numisbids.com/n.php?p=lot&sid=1055&lot=5160)
Al igual que en muchas otras jurisdicciones agobiadas por escasez de numerario, se hizo habitual la mutilación de las piezas de cobre y plata, utilizando para ello perforaciones con taladros manuales, de forma muy rústica. No obstante, era claro que esta operación era insuficiente para retener la moneda circulando, en particular las piezas de plata. Como una medida extrema para reforzar la preservación de la plata circulante en el País, el 27 de noviembre de 1884 el goberndor Luis Dabán y Ramírez de Arellano decretó oficialmente el contramarcado de las monedas de plata con un signo de flor de lis. En su estudio definitivo sobre las contramarcas de flor de lis, el arqueólogo y numismático doctor Ovidio Dávila explica detalladamente el proceso regulador de los decretos oficiales, al tiempo que aporta un análisis exhaustivo sobre la operación de contramarcado en las aduanas y un estudio de los diversos tipos de punzones utilizados, los cuales – en conjunto con el consabido desgaste – dieron lugar a una variedad de marcas que causaron grandes problemas a las autoridades, y aún al presente representan un gran reto al coleccionista para su identificación. Según explica Dávila:
“La aplicación de un motivo distintivo de una flor de lis —ordenado por el Gobernador General de Puerto Rico en 1884— pretendió frenar el abuso y aprovechamiento de que fue objeto, por parte de muchos comerciantes mercantiles, quienes, como consecuencia de la referida tolerancia oficial de reconocer como válidas y efectivas en la Isla esa clase de moneda de plata obliterada, comenzaron a importar grandes cantidades de pesetas, medios pesos y pesos de plata agujereados o mutilados, los que podían adquirir en el extranjero al muy bajo precio que, de por sí, representaban por su mero contenido de pasta (bullion) como plata, para luego ponerlas a circular aquí por su íntegro valor nominal…” (Dávila, 2012, p. 23-24).

Fig. 15: Leyenda: 1- Moneda española, 2 reales de Carlos III (1773); 2- México, 2 reales; 3- Estados Unidos, 50 centavos, tipo Liberty Head (1822); 4- Estados Unidos, 25 centavos, tipo Liberty Seated
(FUENTE: Ovidio Dávila. Estudio numismático de las primeras monedas de Puerto Rico: Los resellos de “flor de lis” de 1885. Sociedad Numismática de Puerto Rico, 2012)
Moneda de plata provincial (1895 a 1901)
Los reclamos por un canje de moneda adecuado para ocuparon un lugar céntrico en la prensa y los escritos de la época. Unos defendían el canje hacia el patrón oro (los comerciantes), otros una moneda de plata especialmente para Puerto Rico, y otros la circulación de la moneda regular de cuño español, según circulaba en España. Finalmente, en 1894 el Ministerio de Ultramar autorizó para la Isla una moneda provincial de plata, privilegio de provincias autónomas, de seguro en adelanto a la próxima otorgación, hacia 1897, del Gobierno Autonómico. El canje se materializó a partir de 1895. La emisión especial consistió en un total de 9,630,023 pesos, distribuidos en monedas de plata de cinco (5) denominaciones: el peso (equivalente a cinco pesetas de veinte centavos), 40, 20, 10 y 5 centavos (ver Figs. 16-20).
El peso y los 20 centavos llevan la fecha de 1895, mientras que las restantes denominaciones tienen el año de 1896. A excepción de la pieza de 5 centavos, todas las monedas presentan en el anverso la efigie del niño rey, Alfonso XIII, rodeado de la leyenda: ALFONSO XIII – P.L.G.D.D. (Por la Gracia de Dios) – REY C. (Constitucional) DE ESPAÑA, y la fecha en el exergo. En el reverso de todas dice “ISLA DE PUERTO RICO”. Para recoger el numerario circulante se emitieron “billetes de canje”, los cuales fueron luego intercambiados al portador por el nuevo circulante.

Fig. 16: Peso 1895 (8,500,021 acuñados)

Fig. 17: 40 centavos 1896 (725,002 acuñados)

Fig. 18: 20 centavos 1895 (3,350,006 acuñados)

Fig. 19: 10 centavos 1896 (700,000 acuñados)

Fig. 20: 5 centavos 1896 (600,000 acuñados)
(FUENTE: Página del Dr. Ovidio Dávila, arqueólogo, numismático y filatélico puertorriqueño. https://www.facebook.com/rilesptorico/photos/a.1546722442212765.1073741879.1538454036372939/1772007916350882/?type=3&theater)
Dolarización de la economía
Al igual que la malograda Carta Autonómica de 1897, la nueva moneda puertorriqueña tendría una vida efímera, ante la incertidumbre derivada del cambio de soberanía de 1898 y las repercusiones aún inciertas que ese evento habría de producir sobre todos los ramos políticos, económicos y sociales del País. El problema no radicaba en debatir si habría o no un canje o sustitución del peso puertorriqueño por el nuevo dólar estadounidense (lo cual era claramente evidente e inevitable), sino en cuál debía ser la tasa de cambio o de descuento adecuada para dicho canje. En otras palabras, cuánto se habría de devaluar el peso ante el dólar en la operación del canje. Desde el inicio de la invasión, el propio general Nelson A. Miles autorizó a sus tropas una tasa de cambio de 2 a 1; esto es, dos pesos provinciales por cada dólar. Esto trajo una vez más la acción de los especuladores, que compraban pesos a dicha tasa y luego los utilizaban a su valor facial en los poblados aún no ocupados por el ejército de EE.UU..
Finalmente, durante el periodo de los gobernadores militares (1898 al 1900) se estableció una tasa de cambio de 60 centavos norteamericanos por cada peso puertorriqueño. Esto es, una tasa de descuento de 40 por ciento sobre el peso provincial con respecto al dólar. Este cambio afectó de manera especial al sector agrícola, principalmente al cafetalero, ya que la inmensa mayoría de las hipotecas y préstamos estaban valorizados en moneda provincial. Sin duda, la reducción a casi la mitad del valor de las propiedades sirvió de impulso al intenso proceso de acaparamiento de terrenos cultivables por parte de los nuevos inversionistas norteamericanos del “sugar trust”, dando así inicio al latifundio ausentista, el cual se vio representado por emporios azucareros como la Guánica Central, la Aguirre Sugar Company y la Fajardo Sugar, entre otros.
Las provisiones del artículo 11 de la Ley Fóraker de 1900, establecieron la recogida de la moneda provincial puertorriqueña y su sustitución por moneda estadounidense, formalizando la tasa de cambio a razón de 60 centavos por cada peso puertorriqueño. Nuestra única moneda oficial continuó circulando hasta tres meses luego de la aprobación de dicha ley orgánica (hasta agosto de 1901), momento en que se culminó su total desmonetización. Desde dicho momento histórico al presente, el dólar constituye la moneda de curso legal del País.
Emisiones de papel moneda de la banca local (1865-1913)
Como secuela de todas las limitaciones, ya señaladas, que derivaron del anquilosado esquema mercantilista español hacia sus colonias de ultramar, la aparición de proyectos bancarios en Puerto Rico sufrió un gran atraso, en comparación con otras jurisdicciones. Cerca al último tercio del siglo XIX, y coincidiendo en gran medida con el aumento en ingresos de los comerciantes y hacendados tras la indemnización por la abolición de la esclavitud (1873), surgieron paulatinamente algunos intentos de promover la banca privada, a través de las llamadas “cajas de ahorros”. Todas tuvieron muy corta vida. La Caja de Ahorros San Juan Bautista funcionó entre 1865 y 1879. Justo en 1873 se creó la Caja de Ahorros de Ponce, la cual se constituyó en la primera entidad seudobancaria privada en emitir papel moneda. De estos rarísimos billetes se conoce la existencia de un (1) ejemplar de un peso; dos (2) de tres pesos; uno (1) de cinco pesos; y dos (2) de cincuenta pesos. Estos fueron impresos por la firma P. W. Derham, de Nueva York (Costa, 2007).

Fig. 21: Billete de 3 pesos de la Caja de Ahorros de Ponce (ca. 1873).
(FUENTE: Humberto Costa. Los billetes de la Isla de Puerto Rico. WesternBank, 2007, p. 92)
El primer banco o entidad similar que se puso en funcionamiento en Puerto Rico fue la Sociedad Anónima de Crédito Mercantil, fundado en 1877 como banco comercial por un grupo de acaudalados comerciantes incondicionales españoles; entre éstos,José Ramón Fernández, Marquéz de la Esperanza, y Leonardo Igaravidez, dueño fundador de San Vicente, la primera central azucarera en Puerto Rico (también fundada, coincidentalmente, en 1873, año de la abolición del sistema esclavista en el País). No es casualidad que los principales inversionistas fundadores del banco fuesen, a su vez, los principales hacendados y comerciantes esclavistas de la época. Esta Sociedad Mercantil sirvió de base para lo que se convertiría, en 1888, en el Banco Español de Puerto Rico, siguiendo el modelo ya existente en Cuba.
Con la creación del Banco Español de Puerto Rico, el 5 de mayo de 1888, se formalizóla emisión y circulación del papel moneda, con una licencia o autorizacón para ello de 25 años. No obstante, las primeras emisiones de billetes del Banco Español comenzaron en 1890. Sobre las emisiones de billetes del Banco Español, así como sobre toda la historia de nuestro papel moneda – desde las primeras papeletas o tengos a fines del siglo XVIII, hasta el periodo post-invasión norteamericana –remitimos a la publicación definitiva en este campo: Los Billetes de la Isla de Puerto Rico, del desaparecido numismático, Humberto Costa (2007). El Banco Español llegó a emitir cuatro series de billetes, de seis denominaciones cada una:
1890 Serie A: 5, 10, 20, 50, 100 y 200 pesos
1894 Serie B: 5, 10, 20, 50, 100 y 200 pesos (no circularon)
1894 Serie D: 5, 10, 20, 50, 100 y 200 pesos
1900 Serie C: 5, 10, 20, 50, 100 y 200 pesos
Bajo las nuevas autoridades norteamericanas se emitieron las series E y F, pero en formato bilingüe bajo el nombre de Banco de Puerto Rico (Bank of Porto Rico). Todas las series fueron diseñadas e impresas por la American Banknote Co. de Nueva York. Las figuras 22 y 23 muestran algunos billetes del Banco Español de Puerto Rico y del Banco de Puerto Rico. Tras el cambio de soberanía de 1898, las provisiones del Tratado de París obligaron a Estados Unidos a respetar toda licencia o concesión existente previa a dicho momento. Como adelantamos, el Banco Español de Puerto Rico tenía una autorización para emitir moneda contra sus fondos líquidos por un período de 25 años. Aunque las nuevas autoridades respetaron dicha regla, de inmediato forzaron el cambio de nombre de la institución al de Banco de Puerto Rico. Los billetes, tanto del Banco Español, como del Banco de Puerto Rico, fueron recogiéndose y quemando paulatinamente, hasta la liquidación total de la institución, el 5 de mayo de 1913.


Fig. 22: Banco Español de Puerto Rico. Billetes de 5 pesos, serie A (arriba) y serie D. En los billetes de la serie D se sustituyó el cordero de la Isla de Puerto Rico por la efigie de la reina regente, María Cristina. (FUENTE: http://banknoteindex.com/browse.mhtml?browseBy=Authority&browse=Banco%20Espa%C3%B1ol%)


Fig. 23: Banco de Puerto Rico / Bank of Porto Rico. Billete de 10 pesos (serie E)
(FUENTE: http://banknoteindex.com/browse.mhtml?browseBy=Authority&browse=Banco%20Espa%C3%B1ol%)


Fig. 24: Banco de Puerto Rico / Bank of Porto Rico. Billete de 5 pesos (serie F)
(FUENTE: http://www.worldbanknotescoins.com/2014/11/puerto-rico-currency-5-dollars-1909-bank-of-puerto-rico.html)
Con el traspaso de Puerto Rico, de España a EE.UU., se establecieron múltiples bancos norteamericanos en el País. de .El primero de éstos fue el American Colonial Bank, en 1899. En noviembre de 1902, se incorporó en San Juan el First National Bank of Porto Rico.. Esta institución emitió en 1902 dos series de billetes, con las mismas denominaciones (10, 20, 50 y 100 dólares), diferenciadas entre sí tan solo por el color de su sello; rojo o azul (Costa, 2007). Estos billetes se cuentan entre las piezas más raras y valiosas de la numismática puertorriqueña, en conjunto quizás con las más antiguas papeletas del siglo XVIII, o las rarísimas monedas/medallas de jura o proclamación. Por su naturaleza frágil y perecedera, los billetes o papel moneda de Puerto Rico se cuentan entre las piezas de mayor rareza y más altos precios del acervo numismático isleño.
Fichas o “tokens” agrícolas (1870 al 1900)
Hacia finales del siglo XIX, una serie de factores económicos generaron las condiciones para la instauración y proliferación del uso de fichas o tokens en las haciendas para el pago de sus jornaleros. En términos técnicos y numismáticos, se trataba de la emisión de una especie de “moneda privada” por parte de los dueños de aquellas unidades de producción agrícola. Este sistema de pago no fue exclusivo de Puerto Rico. Por el contrario, casi todos los países y jurisdicciones del Caribe, América Centraly América del Sur desarrollaron algún sistema de pago con fichas o vales entre mediados de siglo XIX y principios del XX. En el caso de Puerto Rico, es claro que el primer factor que incidió en la proliferación del sistema de fichas fue la escasez de moneda en las zonas rurales, principalmente en la montaña.
El uso de las fichas agrícolas para el pago de jornaleros en Puerto Rico fue extenso e intenso. Durante la segunda mitad del siglo XIX, y previo a la invasión de 1898, existían literalmente cientos de haciendas, fincas, estancias, ingenios y demás establecimientos agrícolas, los cuales establecieron sus sistemas de fichas, ya fuesen fabricadas en forma rústica localmente o mandadas a acuñar fuera del País, según el poder económico del propietario. Además de la escasez de moneda de curso legal, otro factor que pudo contribuir a la prevalencia del uso de fichas fue el sistema de endeudamiento y préstamos refaccionarios que agobiaba a los hacendados, principalmente los criollos. Ante la ausencia de bancos, por décadas los principales prestamistas eran los poderosos comerciantes peninsulares y alemanes. Estos proveían al hacendado suministros y préstamos a un alto interés (algunos hasta un 25%), sobre la base del rendimiento futuro de las cosechas. En el caso de que no se produjesen los resultados esperados, el prestamista ejecutaba la deuda contra las tierras y propiedades del deudor. Este escenario era muy común, y se repetía constantemente, en particular con los hacendados cafetaleros, cuyas cosechas requerían años y eran fácilmente afectadas por tormentas y otros fenómenos.
El numismático Efraín Archilla argumentaba que el sistema de pago a través de fichas o vales fue una estrategia del hacendado para reducir el nivel de dependencia sobre el crédito refaccionario (Archilla-Diez, 1990). De esta forma, al utilizar moneda privada para sus operaciones internas se podía reducir sustancialmente el costo de mano de obra y la cantidad de crédito necesario, limitando los préstamos a la compra de provisiones y otros utensilios imprescindibles.
En Puerto Rico, las fichas agrícolas recibieron el nombre de riles. La teoría más aceptada sobre el origen de este concepto es que en la voz campesina, el término de ril (singular), o riles (plural), era una deformación del término real o reales, la unidad monetaria básica española, equivalente a 12 ½ centavos o céntimos, (dos reales eran equivalentes a la peseta de 25 centavos, y ocho reales al peso de cien centavos). En el caso de haciendas cafetaleras, los riles presentan la denominación común de almud o almudes, el cual era el envase o medida principal en la recogida del grano (ver piezas #3 y # 16 de la Figura 25). También se conocen denominaciones de día o medio día, centavos, cuartilla, recogida, entre otros. En las haciendas de caña la forma de pago tendía a ser en reales o centavos.
Los riles o fichas agrícolas de Puerto Rico se fabricaron en diversos metales, aunque predominan el latón (“brass”) y el níquel (no se consideran aquí un número de haciendas que utilizaron vales en cartón o papel para el pago a sus jornaleros). También existen especímenes en cobre, hierro, zinc, estaño, plata alemana, e incluso en aluminio. Este último material es mucho más escaso, ya que a finales de siglo XIX el mismo se consideraba una innovación y era mucho más caro que los otros. . En cuanto a la forma, aunque predominan por mucho las fichas redondas, existen piezas cuadradas (Guánica Central), octagonales (Hacienda Córsica de San Germán, Hacienda Buena Vista-Plato Indio, de Las Marías), bordes ondulados (Hacienda Salvación, de Lares; Hacienda San Rafael, de Utuado), y se conoce una pieza totalmente ovalada de la Hacienda Buena Vista-Plato Indio, de Las Marías, extremadamente rara.


(FUENTES: Colección Jorge David Capiello http://biografiadelasriquezaspr.weebly.com; Colección Lcdo. Félix Fumero http://numismaticadepuertorico.org/; Colección Dr. Ovidio Dávila https://www.facebook.com/rilesptorico/)
Fig. 25: Riles o fichas agrícolas. Leyenda:
- Hacienda Serrotes, Río Prieto, Lares (café)
- Hacienda Tabonuco, Damiani Hermanos, Sabana Grande (café)
- Hacienda Mogotes, Pieraldi e Hijos (Yauco)
- Hacienda Salvación, Lares (café)
- Hacienda San José, Las Marías (café)
- Hacienda Constancia, Lares (café)
- Hacienda Corsica, Juan Ortíz Perichi, San Germán (café)
- Hacienda Miguel Márquez y Enseñat, Lares (café)
- Hacienda Castañer Hermanos, Lares (café)
- Hacienda Santa Ysabel, Alomar Hermanos, Santa Isabel (caña)
- Hacienda Constancia, Gullermo Soler, Utuado (café)
- Hacienda Mercedita, Juan Serrallés, Ponce (caña)
- Hacienda Santa Clara, Lares (café)
- Hacienda Buena Vista-Plato Indio, Las Marías (café)
- Hacienda María Barina, Yauco (caña)
- Finca Cacao, Sabana Grande (café)
La moneda, en su esencia, es un objeto que sirve de instrumento regulador del intercambio de bienes y servicios. Pero hoy en día la fuerza de la moneda ya no radica, como en el pasado, en el valor intrínseco del metal noble que contiene, sino en la fuerza y la riqueza de la economía del país que ésta representa.
Referencias:
ABBAD & LASIERRA, I. (2002) Historia geográfica, civil y natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. Original de 1788. Editorial Doce Calles, Puerto Rico.
ARCHILLA-DIEZ, E. (1990) Catálogo numismático de Puerto Rico. Vol. I. Banco Popular, Puerto Rico.
BURZIO, H. F. (1958) Diccionario de la moneda hispanoamericana. Fondo José Toribio Medina (Santiago de Chile), Tomo II, PEUSER, Argentina.
CARO COSTA, A. (2002). Antología de lecturas de Historia de Puerto Rico (siglos XV-XVIII), Editorial Aurora.
CRESPO ARMÁIZ, J. L. (2005) Fortalezas y situados: La geopolítica española en el gran Caribe y sus efectos sobre el desarrollo económico y monetario de Puerto Rico (1582-1809). Sociedad Numismática de Puerto Rico, Puerto Rico.
CRUZ MONCLOVA, L. (1970). Historia de Puerto Rico. Siglo XIX (6 tomos). Río Piedras, Editorial Universidad de Puerto Rico.
COLL Y TOSTE, C. (2003) Reseña del estado Social, económico e industrial de la Isla de Puerto-Rico al tomar posesión de ella los Estados Unidos (original de1899). Academia Puertorriqueña de la Historia, Puerto Rico.
COSTA, H. (2007a) Los billetes de la Isla de Puerto Rico, WesterBank, Puerto Rico.
CUEVAS, J. & MARTÍNEZ SOTO, A. P. (2016) “El inicio de la banca comercial en Puerto Rico. La Sociedad Anónima de Crédito Mercantil, 1877-1888”. Revista de Historia Industrial, 62, p. 13-46
DÁVILA DÁVILA, O. (2012) Estudio numismático de las primeras monedas de Puerto Rico: los resellos de “flor de lis” de 1885. Sociedad Numismática de Puerto Rico, Puerto Rico.
DÁVILA DÁVILA, O. (2007) “La devaluación por los Estados Unidos de la moneda provincial de Puerto Rico 1898-1900”. Revista Numiexpo, Sociedad Numismática de Puerto Rico, p. 19-35
DE CÓRDOVA, P. T. (1832) Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto Rico. Tomo III, Academia de la Historia de Puerto Rico, Puerto Rico.
DI VENUTI, B. (1950) Money and Banking in Puerto Rico. Editorial UPR, Puerto Rico.
FERNÁNDEZ MÉNDEZ, E. (1995) Crónicas de la historia de Puerto Rico. Desde de la conquista hasta nuestros días (1493-1955). Séptima edición. Ediciones El Cemí, San Juan.
FUMERO, F. J. & FUMERO F. R. (2010) Hacienda Tokens of Puerto Rico. Publicación privada, Puerto Rico.
GONZÁLEZ, J. (1940) Numismatic Notes and Monographs, 88. American Numismatic Society, Nueva York, Estados Unidos.
________________. (1934). El problema monetario de Puerto Rico. Obra inédita.
GONZÁLEZ VALES, L. E. (1978) Alejandro Ramírez y su tiempo: Ensayos de Historia Económica e Institucional. Editorial Universitaria, Puerto Rico.
______________________, compilador y anotador. (1972). Diario Económico de Puerto Rico. Edición facsimilar. San Juan: Asociación de Bancos de Puerto Rico.
GOULD, M. & HIGGIE, L. (1962) The Money of Puerto Rico. Whitman Publishing, EE.UU.
MARTÍNEZ SOTO, A. P. (2013-2014) “Entre la corona y la colonia: Los orígenes de la banca comercial en Puerto Rico, 1877-1888”. Revista Op. Cit., 22, Centro Investigaciones Históricas UPR, p. 173-214
NAVARRO ZAYAS, A. (2014) “Crónica del descubrimiento del papel moneda emitido en 1781 en Puerto Rico”, Revista Numiexpo, 2014, Sociedad Numismática de Puerto Rico, p. 13-28.
NAVARRO ZAYAS, A. (2013 al 2016). Historia monetaria documental de Puerto Rico (La Moneda Macuquina). 5 Tomos. Edición del autor, Puerto Rico.
SANTIAGO DE CURET, A. (1989) Crédito, moneda y bancos en Puerto Rico durante el siglo XIX. Editorial UPR, Puerto Rico
SONESSON, B. (1990). La Real Hacienda de Puerto Rico (1815-1868). Monografías de economía del 5to Centenario, Madrid.
SUED BADILLO, J. (2001). El Dorado borincano, la economía de la Conquista: 1510-1550. Ediciones Puerto.
Autor: Dr. Jorge L. Crespo Armáiz
20 de junio de 2021
Revisión: Dra. Lizette Cabrera Salcedo




