Puerto Rico: Aproximación a historia  

Introducción

La historia de Puerto Rico puede dividirse en tres etapas. La primera abarca las civilizaciones indígenas que señorearon la isla de Boriquén. Las otras dos se enmarcan en los contextos de las relaciones con España y Estados Unidos. La época hispana se extiende durante los llamados siglos formativos (XVI al XVIII) y el XIX, centuria de la incipiente modernización y formación de una conciencia nacional. La tercera, la del régimen estadounidense, se inicia en 1898 y llega hasta la época actual. Se caracteriza, entre otras cosas, por las relaciones agridulces con la metrópoli en la búsqueda de igualdades políticas y desarrollo económico-social, así como en la defensa de la cultura propia.

Para aproximarnos a esta rica y compleja historia destacamos cinco rasgos que trazan un perfil del devenir colectivo del País, forjado al calor de un proceso transcurrido entre cambios y continuidades, afirmaciones y contradicciones. Tales son: 1) el valor estratégico de la Isla, 2) la subordinación económica, 3) las corrientes migratorias, 4) el autonomismo dominante y 5) la nación cultural como contrapeso a la ausencia de soberanía política.

El baluarte estratégico

La ubicación geográfica de Puerto Rico, casi central en el arco antillano, le destinó un papel fronterizo que lo acompaña desde los primeros pobladores indígenas. Conquistada y colonizada por los españoles a partir de 1508, sirvió en el primer momento de base para exploraciones ulteriores, compartiendo con el resto de las Antillas Mayores el papel de trampolín y lugar de aclimatación para la penetración del continente. A la vez, fue dique para contener la ofensiva que desde las Antillas Menores lanzaban los indios, o centro de operaciones para las batidas contra ellos. Las hostilidades caribeñas se potenciaron con la pronta presencia de las naciones europeas rivales de España.

Ese clima de asedio continuo definió la posición de Puerto Rico en el imperio español y su forma de gobierno. Después de varios ensayos fracasados con distintas estructuras políticas de carácter civil, su importancia estratégica impuso la capitanía general. Así, los más altos cargos políticos (como el de gobernador superior civil) y militares (como el de capitán general) se mantuvieron unidos en la misma persona, con brevísimas interrupciones, desde 1583 hasta 1898 cuando se inauguró el régimen autonómico. El poder político estaba supeditado al militar.

A lo largo de 400 años Puerto Rico fue una plaza militar de primer orden. Como tal, formó parte del cordón defensivo que protegía el acceso al imperio. Tuvo diversos cuerpos militares y paramilitares y durante las guerras de independencia de las colonias españolas en el siglo XIX sirvió a los intereses de la metrópoli. La expresión máxima de su condición castrense se aprecia en la ciudad capital de San Juan, una de las plazas totalmente amuralladas y fortificadas de la América hispana, entre las cuales ocupó una posición sobresaliente.



Tras la Guerra Hispanoamericana de 1898, mediante la cual Estados Unidos arrebató a Puerto Rico de España, la Isla se mantuvo como piedra angular de la geopolítica caribeña. El recién inaugurado gobierno autonómico se sustituyó de inmediato con uno militar que duró hasta 1900. A pesar de la fachada civil establecida ese año por la Ley Foraker, el Congreso de Estados Unidos mantuvo el país bajo una fuerte subordinación colonial, adscrito primero al Departamento de la Guerra y a partir de 1934 al Departamento de lo Interior.

La condición de baluarte estratégico para el control de la región circuncaribe prevaleció hasta las postrimerías del siglo XX y determinó muchas de las decisiones que regularon la relación política con la metrópoli norteña. Bajo el cielo amenazante de las dos guerras mundiales (1914-19, 1939-45) y la Guerra Fría (1945-89), Puerto Rico se pobló de instalaciones militares: bases, puertos, aeropuertos. Aquí tuvo Estados Unidos su centro de comando naval para la zona del Caribe y el Atlántico Sur y la estación de Roosevelt Roads, en Ceiba, fue la más grande fuera de su territorio continental. Además, las islas de Vieques y Culebra con las aguas adyacentes fueron por décadas campo de adiestramiento naval para la marina estadounidense y sus aliados, así como, los bosques de Puerto Rico se utilizaron para experimentos con armas químicas. Asimismo, miles de soldados puertorriqueños han participado en las guerras de Estados Unidos mediante el servicio militar obligatorio, el ingreso voluntario a las fuerzas armadas y la Guardia Nacional.

El desplome del socialismo en Europa, el traslado del foco bélico al Mediano Oriente, y la militancia de la sociedad civil puertorriqueña contribuyeron al desmantelamiento parcial de las instalaciones militares. De estas luchas, tuvieron sonadas repercusiones internacionales las que se dieron para sacar a la Marina, primero de Culebras (1975) y luego de Vieques (2003). No obstante, la Isla mantiene un potencial estratégico de primera magnitud, sobre todo para el control del espacio caribeño que da acceso al hemisferio americano y a las rutas del narcotráfico. De ahí que el gobierno federal estadounidense mantenga la propiedad de terrenos claves para reinstalar bases en caso de necesidad. Además, la Isla sigue siendo una cantera para el reclutamiento de soldados, sobre todo mediante la Guardia Nacional, como se evidencia en la guerra de Irak.




-La subordinación económica: el pobre rico


Una de las imágenes más arraigadas en la concepción de la historia insular es la precariedad incesante. Puerto Rico se proyecta incapaz de generar su propio sustento, siempre dependiente de las ayudas de la metrópoli. Sin embargo, un análisis cuidadoso de su evolución económica matiza esta imagen.

Durante las primeras décadas de la colonización española la extracción de oro rindió beneficios proporcionalmente mayores a los de Cuba y casi igual a los de la República Dominicana. Cuando la minería dejó de ser rentable, la situación se tornó difícil a pesar de los intentos para desarrollar industrias agrícolas principalmente la azucarera. Desde mediados del siglo XVI hasta la primera década del siglo XIX prevaleció una economía de autoconsumo. Esta economía se complementó con un amplio contrabando en el que participaban las islas vecinas y los extranjeros que se acercaban a sus costas. Intercambiaba jengibre, cacao, cueros, azúcar, tabaco y frutos menores por harinas y productos manufacturados. El nivel bajo de producción se explica, en parte, por la función castrense que le tocó desempeñar en los dominios españoles. En comparación con las regiones nucleares del imperio, su importancia económica fue secundaria.

A comienzos del siglo XIX España perdió sus posesiones en América, menos Cuba y Puerto Rico, lo que creó una coyuntura favorable para que Puerto Rico, además de ser bastión militar, explotará su capacidad agrícola. El autoconsumo dio paso a una economía agroexportadora basada en el monocultivo. Las épocas doradas de las industrias del azúcar (1815-1870) y el café (1870-1900) colocaron la Isla en el mapa de la producción mundial. A mediados de siglo era el segundo país exportador de azúcar en el Caribe, detrás de Cuba, y segundo suplidor extranjero de Estados Unidos. Esto equivalía al cinco por ciento de la producción mundial. En proporción a su área geográfica el volumen resulta impresionante, máxime cuando su desarrollo azucarero comenzó casi medio siglo después que el de Cuba y su población esclava era mucho menor.

El café llegó a Puerto Rico a mediados del siglo XVIII. Desde el primer momento ocupó un lugar importante en la economía insular, pero fue en el último tercio del XIX cuando alcanzó su mayor esplendor. En 1880 ocupaba la sexta posición entre los países productores de América con una excelente cotización en los principales mercados de Europa por la calidad del grano.

Si la caña de azúcar pobló el escenario costero y la esclavitud africana fue la mano de obra más importante, en el interior montañoso floreció el cafetal, trabajado mayormente por hombres libres. No obstante, en una y otra fue usual el trabajo combinado de esclavos y jornaleros. A fines del siglo todos eran trabajadores libres igualados por la pobreza y la servidumbre.

La concentración de las diversas fases de la industria en una misma unidad productora (la hacienda) acarreó, en ambos casos, problemas estructurales que aquejaban tanto la cantidad como la calidad del producto para satisfacer las exigencias del mercado internacional. A esto se añaden condiciones internas adversas marcadas por la ausencia de instituciones financieras y casas de crédito (el primer banco se creó en 1877) y gran escasez de moneda circulante. El panorama se agravó con las fluctuaciones de precio en los mercados externos. Al cerrar el siglo, tanto la hacienda cañera como la del café se encontraron en transición, buscando la fórmula apropiada para mantenerse con buenos dividendos en el comercio ultramarino.

La invasión estadounidense en 1898 acabó de trastocar el orden socio-económico vigente hasta entonces, afectándose, sobre todo, la producción cafetalera. A los problemas que ya arrastraba, se añadieron el devastador huracán San Ciriaco (1899), la disminución de los mercados europeos, y el desinterés general de Estados Unidos en el producto insular. Para compensar la alicaída industria se desarrollaron los frutos menores, sobre todo los cítricos, y las industrias del tabaco y de la aguja.

Contrario al café, el azúcar recibió una inyección revitalizadora. La incorporación de Puerto Rico a la órbita de la nueva metrópoli, con la extensión de sus leyes arancelarias, atrajo capital sustancial que terminó con el régimen de haciendas y consolidó el de las grandes centrales. Dominaban la industria grandes corporaciones estadounidenses, aunque hubo también un sector notable de capital foráneo y de criollos centralistas. La mayoría de los hacendados puertorriqueños engranó en el sistema como colonos (agricultores suplidores de la materia prima a la central). La industria recuperó su antigua supremacía a tal punto que en medio de la terrible depresión de la década de 1930 producía grandes beneficios para los centralistas.



Las deplorables condiciones de las colonias caribeñas en las primeras décadas del siglo XX, sobre todo la miserable calidad de vida de los trabajadores, se agravaron con las carencias provocadas por la Segunda Guerra Mundial. El panorama de fragilidad y desasosiego amenazaba los planes estratégicos para la región. Las metrópolis aliadas, con Estados Unidos a la cabeza, intentaron contrarrestarlo impulsando medidas de bienestar social y el desarrollo económico de las empobrecidas islas. Puerto Rico fue una pieza clave en esta movida.

La transición de la economía agroexportadora a la industrial se inició en la década de 1940 y a largo plazo provocó una transformación radical en la estructura económico-social del país. Se inició con el Estado como agente propulsor, pero pronto se sustituyó con un nuevo modelo basado en la creación de incentivos industriales. El proyecto Operación Manos a la Obra (1947) estimuló la inversión privada, sobre todo de capital extranjero, en especial estadonidense. Una vez consolidado el cambio —dramatizado con el abandono del campo y el crecimiento desarbolado de los centros urbanos— el grueso del rendimiento económico de la Isla derivó de los productos manufacturados. Los deslumbrantes resultados inmediatos convirtieron a Puerto Rico en la "vitrina del Caribe".

Durante la primera fase industrial dominó la manufactura liviana (ropa, textiles, alimentos), pero en la década de 1970 giró hacia industrias de capital intensivo con productos derivados de petróleo, farmacéuticas y electrónica. En algunos de estos renglones Puerto Rico figuró como uno de los principales suplidores de Estados Unidos. Las inversiones y ganancias del capital foráneo dominaron el sector manufacturero y financiero, mientras que el capital puertorriqueño quedó en posición subordinada.

El rápido crecimiento económico sacó a Puerto Rico de la extrema pobreza y elevó el nivel de vida de su gente. Mas no ha estado exento de graves problemas. El progreso alcanzado ha sido producto de inversiones extranjeras -lo que ha limitado el desarrollo económico basado en capitales autóctonos- y de las transferencias de fondos federales en subsidios, préstamos y programas de ayuda económica y social. De otra parte, la escasa productividad agrícola refuerza la dependencia externa que alcanza incluso los alimentos básicos de la dieta puertorriqueña. De ahí que a pesar del considerable aumento en la actividad comercial, se mantenga un saldo desfavorable para la Isla. La balanza de importaciones y exportaciones se inclina en ambos casos a favor de Estados Unidos; éstos exportan más a Puerto Rico que a países grandes como Venezuela, Brasil y Argentina. Las necesidades creadas por la sociedad de consumo y la fuga sostenida del capital ganancial contribuyen a fortalecer la dependencia.

A comienzos del siglo XXI los modelos económicos que modernizaron el país muestran un severo desgaste y el reto presente es encontrar cuanto antes vías alternas para sustentar y adelantar su desarrollo. La dinámica de cambio acelerado en una economía dependiente conllevó también su cuota de inestabilidad social, con sus efectos inmediatos de desempleo y conducta antisocial. De acuerdo con los estándares de Estados Unidos, Puerto Rico tenía en 1999 el 44.6% de las familias constituidas viviendo bajo el nivel de pobreza, con un ingreso anual per cápita de apenas $14,462 (2006) y la tasa de desempleo alrededor del 11% (mayo 2007). Esto explica, en buena medida, la emigración masiva hacia Estados Unidos, donde radican cerca de cuatro millones de puertorriqueños, cifra casi pareja con la de la población insular.










-Las corrientes migratorias


La migración ha sido fundamental en la historia de Puerto Rico. Factores coyunturales, internacionales y locales explican los momentos de mayor efervescencia migratoria. En los inicios del régimen español la población se mantuvo escasa porque la colonia mostraba pocos atractivos al comparársele con los ricos territorios continentales del imperio. Así prevaleció hasta las postrimerías del siglo XVIII cuando la política de incentivos promovida por los monarcas ilustrados puso a las Antillas españolas en la ruta del progreso. A partir de entonces, la población ha experimentado un crecimiento ininterrumpido. Ya a fines del siglo XIX se contaba entre las de mayor densidad del mundo.

A lo largo de ese siglo, cuando la caña de azúcar y el café abrían horizontes de amplias promesas y las luchas políticas se sucedían en América y Europa, fue constante el flujo inmigratorio alentado por las autoridades españolas. De los grupos no provenientes de España, los franceses —sobre todo los corsos— constituyeron el grupo mayoritario. A ellos se sumaron otros europeos, antillanos, estadounidenses, canadienses y suramericanos, más los esclavos africanos.

El impacto de esa inmigración fue variado. Ejerció un enorme peso en el desarrollo de las industrias del azúcar y el café y en la inserción de Puerto Rico en los mercados internacionales, pero también tuvo repercusiones sociales y políticas. A pesar de su intensa interacción con los criollos, contribuyó al desplazamiento económico de éstos y debilitó el desarrollo de una clase fuerte de propietarios puertorriqueños capaz de retar la autoridad metropolitana y de asumir el compromiso político de forjar una nación independiente.

Los cambios políticos y económicos que se suscitaron al iniciarse el siglo XX invirtieron el movimiento migratorio. Desde los primeros años se propició una emigración puertorriqueña orientada principalmente hacia Estados Unidos. Fue una válvula de escape para la precaria situación de los trabajadores agrícolas y un modo de contrarrestar el exceso de población que engrosaba las filas del desempleo. Estimulados por la política oficial del gobierno, se estima que entre 1940 y 1969 emigraron alrededor de 834,000 puertorriqueños, procedentes en su mayoría de las zonas rurales de la Isla.

La transformación económica y el crecimiento urbano dominante durante la segunda mitad del siglo XX, impulsaron una nueva escala de valores centrada en la educación superior masiva y el desarrollo amplio del sector profesional. Los efectos repercutieron en los patrones migratorios de las postrimerías de ese siglo y comienzos del actual. A la fuga de operarios y de brazos agrícolas se añade hoy la de los talentos más preparados y prometedores en casi todas las profesiones movidos por ingresos superiores y otros estilos de vida.

Por el contrario, durante la segunda mitad del siglo XX, oleadas de otras nacionalidades que escapaban de situaciones políticas o buscaban un mejor horizonte económico arribaron a nuestras costas. El censo del año 2000 reflejó que cerca del nueve por ciento de la población no había nacido en Puerto Rico, aunque de esa cifra el seis por ciento provenía de Estados Unidos. A fines de la pasada centuria e inicios de la actual, la inmigración más visible es la dominicana. Como antes con la cubana, la más significativa a raíz de la Revolución Cubana (1959), Puerto Rico representa algo más que una tierra de promesas; es el puente más directo que le lleva a Estados Unidos. La inexistencia de aduanas y fronteras entre ambos países facilita el paso de la Isla al continente.





-La perseverante autonomía


Dentro de la nomenclatura jurídica, Puerto Rico es un territorio no incorporado de Estados Unidos. Se rige por la Ley de Relaciones Federales (1917) y la Constitución del Estado Libre Asociado (1952). Supuso ésta la culminación de las luchas políticas libradas por los puertorriqueños a partir de la invasión de 1898.

Durante el régimen español la Isla estuvo bajo las Leyes de Indias, a merced del gobierno unipersonal de los capitanes generales y de los opresivos Bandos de Policía y Buen Gobierno, dirigidos a mantener el orden interno de la colonia. Se permitía una limitada participación vecinal en la deliberación de los asuntos locales mediante los cabildos o ayuntamientos, de los cuáles sólo existieron dos, los de San Juan y San Germán, hasta fines del siglo XVIII.

La guerra de independencia de España contra los invasores franceses (1808-1814) posibilitó que los puertorriqueños entraran de lleno a la arena política. La apertura ofrecida por las Cortes de Cádiz (1810-12) inició el debate entre las colonias hispanoamericanas y su metrópoli para obtener participación igualitaria. Las iniciativas de las colonias continentales y Santo Domingo derivaron en campañas emancipadoras, mientras que en Cuba y Puerto Rico se limitaron a exigencias reformistas. Las cubanas culminaron en las dos guerras de independencia (1868 y 1895), pero las de Puerto Rico se mantuvieron dentro de la doctrina autonomista. La iniciativa de participación igualitaria viabilizaba el progreso del país mediante un pacto que permitíría a los criollos la administración interna a la par que garantizaba la unión permanente con la metrópoli.

Un sector amplio de los liberales criollos cifró la solución de los conflictos en la descentralización económica-administrativa y la asimilación política, confiados en que la extensión de la constitución española traería la igualdad política y civil a que aspiraban. La alternativa autonomista, con sus diferentes alcances, se expresó por primera vez en el contexto de las Cortes de Cádiz y luego en las contadas ocasiones en las que la metrópoli permitió la libre discusión de ideas. Los vaivenes de la política peninsular y el temor a perder sus últimos reductos en América, fortalecieron el control metropolitano sobre la colonia. A los puertorriqueños sólo les restaban dos caminos: el de la insurrección armada que algunos grupos intentaron y fracasaron —el más importante fue el Grito de Lares en 1868— o el de esperar con relativa paciencia circunstancias propicias para adelantar los proyectos reformistas. Estas circunstancias se dieron durante las últimas dos décadas del siglo XIX, una vez consolidada y legitimada la doctrina autonomista. Los sectores menos privilegiados de la sociedad y las mujeres estaban excluidos de la participación política en virtud del sufragio censatario y masculino.

La implantación del régimen autonómico en 1898 apenas duró unos meses. Los estadounidenses renovaron el gobierno militar y los puertorriqueños, a su vez, la contienda por derechos políticos. Airados debates internos allá y acá e intereses geopolíticos forzaron la sucesión de varias cartas orgánicas. El régimen militar dio paso en 1900 a la Ley Foraker que restableció el gobierno civil y creó el cargo de comisionado residente (con voz pero sin voto) ante el Congreso federal. En 1917 la Ley Jones reemplazó a la Foraker. Entre otras cosas concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, amplió su participación política en la administración local y dictaminó la Ley de Relaciones Federales que en esencia prevalece hoy.

Ambas cartas orgánicas otorgaban al presidente de Estados Unidos la facultad para nombrar el gobernador insular. Así permaneció hasta 1947 cuando una enmienda a la Ley Jones hizo electivo el cargo. En las elecciones del año siguiente, celebradas por los puertorriqueños para elegir el gobernador por primera vez en su historia, resultó electo Luis Muñoz Marín. Bajo su liderato en 1950 se obtuvo del Congreso la Ley 600 que autorizó la redacción de una constitución de carácter autonómico para Puerto Rico, proclamada el 25 de julio de 1952.

La Constitución no cerró el debate político. Los sectores antagónicos al régimen no la aceptaron como estatus definitivo porque a pesar del avance significativo respecto a la Ley Jones y del amplio margen que dio a los puertorriqueños para el manejo de los asuntos internos, mantuvo la Ley de Relaciones Federales y la subordinación al Congreso de EE.UU. De ahí que en la controversia política continúen vigentes tres posiciones definidas fundamentalmente por la solución que dan al problema del estatus: la independentista, la anexionista o "estadista", y la autonomista. Más allá de los diferentes nombres adoptados a través del tiempo por sus órganos oficiales y las alianzas y coaliciones de ocasión, son consistentes en vincular las soluciones que ofrecen a los problemas del país con la forma definitiva de estatus que prevalezca en las relaciones entre isla y metrópoli.

A lo largo del siglo XX -como en el anterior- prevaleció la ideología autonomista, aunque a partir de la década de 1970 ha ido perdiendo terreno frente a la anexionista con la que hoy parea sus fuerzas. La independencia continúa siendo la opción de un grupo minoritario con fuerte presencia en los debates del país y en la denuncia internacional del estatus colonial de Puerto Rico. A la altura de 2007 las agrupaciones políticas intentan negociar con el Congreso la manera de concretar la relación política con Estados Unidos. Mas todo parece indicar que ninguna logra todavía la mayoría requerida para adoptar una solución definitiva.






-Nacionalismos sin soberanía política


El sentido arraigado de una identidad cultural propia, distinta de la estadounidense, une a los puertorriqueños por encima de las diferencias ideológicas, económicas y sociales. La lucha para preservarla, sostenida por más de un siglo, cruza el fragor de los antagonismos políticos y las transformaciones socio-económicas.

Aunque unidos desde 1898, Estados Unidos y Puerto Rico tienen idiosincrasias nacidas de trasfondos históricos muy desiguales. Con una visión civilizadora, de una parte, y con intereses militares y económicos de otra, Estados Unidos inició una agresiva campaña de asimilación dirigida a promover el conocimiento y la exaltación de la cultura estadounidense en detrimento de la puertorriqueña, de raigambre hispánica y caribeña, profundamente mestiza. La ofensiva tocó los puntos más neurálgicos: la lengua, el sistema educativo, los patrones culturales, los fundamentos religiosos, y un sin fin de prácticas y costumbres sociales. Hasta el nombre oficial, hispánico, de la Isla se cambió por el de Porto Rico. El eje del debate fue la imposición del inglés en la enseñanza y en los trámites gubernamentales.

Los puertorriqueños levantaron una sólida barrera frente a la asimilación cultural, sobre todo en lo referente a perder el español, la lengua materna. Encabezados por grupos independentistas, intelectuales y de españoles residentes en el país, impugnaron las imposiciones estadounidenses de diferentes formas: unas en abierto desafío, otras con acciones legales y, sobre todo, mediante múltiples manifestaciones literarias y artísticas que apelaban a un pasado con largos siglos de historia. Esos mismos sectores antagónicos a la asimilación definieron en sus obras los contornos de una identidad puertorriqueña asentada en la herencia hispánica. Independientemente de cuán limitada, excluyente y conflictiva fuera esa definición, adoptada como canon en la década de 1930, cumplió su propósito de cimentar un sentido de identidad propia, distinta de la de los conciudadanos norteños.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el fuerte discurso cultural se consolidó con la creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña (1955) y se extendió al ámbito deportivo. Si bien los parámetros de la identidad se rehacen de continuo y son objeto de estudios críticos, dentro de sus múltiples definiciones persiste la intención de reafirmar nuestras particularidades. La punta de lanza es la defensa a ultranza del español como la lengua materna de los puertorriqueños insulares, puesto que se reconoce el inglés como lengua de los que residen en Estados Unidos. El proceso consolidó una nación cultural que relegó a un segundo plano el discurso político de una nación política soberana.

Junto a las formas más obvias de penetración cultural existen otras más sutiles, pero efectivas. No hay duda de que el modo de vida estadounidense ha calado hondo en la sociedad puertorriqueña. Es difícil que no ocurriera así cuando los medios de comunicación masiva trasmiten de mil maneras diferentes el modelo social dominante, sostenido por relaciones económicas muy estrechas. Mas es admirable que un país de corta extensión geográfica, desarrollado entre tantas limitaciones frente a modelos poderosos y absorbentes, haya logrado un perfil propio y descollado ante la comunidad mundial. Actualmente Puerto Rico se encuentra en una nueva encrucijada, la de decidir la naturaleza de su destino político permanente y la de encontrar un modelo de desarrollo que le permita superar la dependencia económica.


María de los Angeles Castro Arroyo
Universidad de Puerto Rico- Río Piedras







Autor: Dra. María de los Ángeles Castro
27 de agosto de 2010.




2005-2014 Enciclopedia de Puerto Rico; Encyclopedia of Puerto Rico®
Derechos Reservados/All rights reserved by the
Fundación Puertoriqueña de las Humanidades.



Cerrar Ventana